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Tantas cosas teníamos pendientes

Por Javier Petit de Meurville

Sé poco y nada de fútbol. Soy del mismo cuadro de cuando tenía cinco años, porque el código de que no se cambia de camiseta, me vino incorporado. Comprendo a mis amigos a los cuales un gol les cambia la vida, y un campeonato o irse a la B es más importante que el incendio de la propia casa. Un resultado les da conversación para toda una semana, un penal decisivo se repite en la memoria y en las conversaciones décadas después de sucedido. Hasta yo sé lo que fue el zapatazo del Chango Cárdenas.

A veces, mis amigos piensan que mi vida es extraña, desabrida. La irracional pasión de ellos está bien ubicada en un espacio y días determinados. Vaya a saber la mía por dónde anda.

Y no es que no lo juegue cada tanto. Resultó ser que de un atropellado (y atropellador) defensor, pasé a ser, de pronto, un decente (y atropellador) arquero. Me dijeron que el área era mía, que no deje entrar a nadie, y me lo tomé literalmente. Cuando se arman los equipos, soy uno de los primeros que eligen, no sé si porque soy bueno, o porque no quieren tenerme en el área contraria. Por suerte, me conocen, han visto mi “evolución” en el juego, y mis amigos saben que la fractura de costilla o la contusión de tobillo de los eventuales delanteros contrarios (y mías), no han tenido mala intención, sino exceso de celo profesional o mera ignorancia.  Pero mi constancia está más ligada al asado o pizza posterior, que a los dos tiempos del partido. Ganar o perder tiene menor importancia que dónde vamos después y que vengan todos o la mayoría

De cualquier forma, me pierdo en el lenguaje particular de este deporte, como le pasaría a la mayoría si, de golpe, lo pusieran a jugar en una mesa de Bridge. Cuando dicen “tirar una pared”, por ejemplo, para mí están hablando de arquitectura o de demoliciones.

Sin embargo, creo que ayer entendí un concepto clave de este deporte: “saber pararse en la cancha, anticiparse”.

Fue cuando escuché comentarios acerca de que, tal vez, el sillón del living quedase mejor mirando al balcón, y entonces….

En un solo segundo, las jugadas sucesivas se armaron en mi cabeza: sale la mesa, ¡ah! entonces el equipo de audio corre por el carril derecho, contraataca el televisor que no puede quedar en off side; ante la salida intempestuosa del televisor se ve la marca que deja en el empapelado, entonces se adelanta sobre el campo de juego la necesidad de cambiar el empapelado, el técnico gritaría desde el banco, “pintalo encima, pintalo…

No había forma, era penal y gol.

Un pendiente que hace tiempo me ronda, se materializó, casualmente, en ese instante, como un genio que sale de una lámpara, como el cartel en la intersección de la ruta cuando el GPS se apaga o, justamente, como el famoso zapatazo del mismísimo Chango Cárdenas.

¿Cuánto hace que no hablamos con los amigos? ¿Cuántas veces pensamos en llamar a fulano o a mengana, pero por alguna razón desconocida, no lo hicimos? ¿No hemos pensado “che, que habrá sido de x o de y”? Al mismo tiempo, ¿sabemos realmente cómo se siente o cómo está ese amigo con el que intercambiamos mensajes dentro de un grupo?

La amistad, creo,  es una particular forma del amor. A diferencia del amor de parejas, no necesita frecuencia. Tolera bien las distancias. Raramente intervienen los celos. Podés no ver a un amigo durante tres años y seguir hablando como si se hubieran visto ayer. Sabés que están. Ellos saben que vos estás.

Pero, en estos momentos de incertidumbre sinuosa, por momentos alta, por momentos más baja, de tiempos que se abren a posibilidades que antes no contemplábamos, muchas cosas se trastocan. Hay personas, por caso, que extrañan viajar en el subte en horario pico. O  que ingresan al banco con media cara tapada y el guardia de seguridad, en lugar de tirarlos al piso y esposarlos, saca una pistolita de plástico, se las acerca a la frente y los saluda,

¿No sería buen momento para comunicarnos con algunos amigos?

Las redes sociales, los grupos de WhatsApp nos pueden engañar y hacernos creer que estamos comunicados. En realidad, posiblemente estemos informados de la superficie de muchas cosas, de la película que vieron, del título de un estado de humor, de la foto de lo que cenaron. Pero, pocas veces nos contacta con el otro, nos permite adivinar la parte sumergida del iceberg. ¿Qué sintieron cuando cenaron?,  ¿qué les movilizó al ver tal o cual película que recomiendan en un grupo?, ¿están realmente bien, no necesitarán algo de nosotros?.

Y, a propósito de amistad, hay varias y hermosas películas sobre el tema. Si se les ocurriese buscar, verían una lista larguísima. Les hago un filtro rápido: hay amistad entre desiguales, como “Inseparables” (versión original francesa y hay otra argentina) o “La milla verde”, o entre seres de diferentes dimensiones, como “E.T.” o “Toy Story”; entre seres atravesados por la misma circunstancia como “Cuenta conmigo”, “50/50”, “Thelma y Louis”; o “Shawshank Redemption”; hay historias de amistad entre desconocidos como en “Cadena de favores”. Y la lista podría seguir, pues acaso, la vida misma sea una urdimbre de relaciones trenzadas con la fuerza de la amistad y del amor.

Entonces, ¿por qué no hacer un pequeño listado, levantar el teléfono, “digitar”(iba a decir “discar” pero es un verbo de la época del mismísimo Chango Cárdenas) y llamar a ese amigo que está muy cerca, el que está muy lejos, al que hace mucho que no vemos, o hace poco, pero que no hablamos, uno a uno?

Tal vez, cuando esto termine, nos podemos reunir en casa, que se verá distinta, con el empapelado nuevo del living.


 

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