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¿Tantas cosas teníamos pendientes? IV

Por Javier Petit de Meurville 

“Lo que nos mete en problemas no es lo que ignoramos. Lo que nos mete en problemas es lo que estamos seguros que sabemos, pero que, simplemente, no es así”. según Mark Twain.

Lo pude comprobar una vez más al enfrentar dos pendientes del hogar que, estaba seguro, serían simples. No imaginé que encararlos implicaría enfrentarse a dilemas metafísicos.

El primero de los pendientes era el de las tapas de los tupper. En todo hogar, en un estante, detrás de una puerta, hay un conjunto de tuppers de diferente tamaño, color, época y una serie de tapas, al tono, por decirlo así. Más de una vez ha sucedido que, cuando necesitas uno, aunque encuentres el de la medida adecuada, tienes dificultades para dar con la tapa. Con suerte, al cuarto intento la encontramos, aunque, la mayoría de las veces, después del tercer intento, resolvemos el asunto con una bolsa de nylon, con el film de polietileno, o con un repasador como toda contención y que sea lo que dios quiera. ¿Acaso no sería esta pandemia la oportunidad de reunir cada tupper con su tapa y dejarlo ordenado para el porvenir?

Como en un tetris tridimensional, acomodamos los 11 recipientes, y, por aproximación, las 15 tapas. Pero, de pronto, recordamos que la heladera también tiene sus tuppers…con o sin tapa. La geometría, entonces, se altera. Pronto advertimos que algo no cierra. Acá hay gato encerrado. Y el gato tiene nombre, más bien, apellido, se trataba del gato de Schrodinger.

Erwin Shrodinger era un físico austríaco que en 1935 planteó la paradoja que lleva su nombre. Para sintetizarla, propone el ejercicio mental de encerrar un gato en una caja sellada donde hay un veneno. Este veneno tiene el 50 % de probabilidades de matar al gato. Necesito abrir la caja para saber si el gato está vivo o está muerto. Mientras no abro la caja, el gato está, a la vez, vivo y muerto. ¿Acaso seré yo, el observador quien, al abrir la caja, con mi curiosidad, provoque el desenlace de la suerte del gato? Otra vuelta de tuerca de este ejercicio mental, es pararse en el lugar del gato. Pero no iremos a eso. Una de las paradojas del gato de Schrodinger se sintetiza en que algo es, a la vez, su contrario.

A escala doméstica, esto fue lo que paso en mi casa, con las tapas de los tuppers: al mismo tiempo, me faltaban y me sobraban.

El segundo pendiente que enfrenté fue el de acomodar las medias. No, no me refiero a separar las medias de verano, de las de invierno, de las deportivas. Vamos. Eso es juego de niños.

En todas las casas, en algún lugar del lavadero, o próximo al lavarropa, tal vez en el canasto de la ropa para planchar, o en el fondo del cajón de las medias, se acumulan lo que podríamos decir, las medias solteras. Sabemos que las medias siempre vienen en pares. Por eso se llaman medias, aunque tal vez, pensándolo bien, deberían llamarse enteras, pues dos medias formarían un entero, y deberíamos reservar el nombre de medias justamente a aquellas que han perdido, vaya a saber uno cómo, cuándo y sobre todo, dónde, a su natural compañera.

Lo cierto que encarar ese amasijo de medias impares nos permitirá reunir felices parejas nuevamente, pero dejará una gran cantidad de ellas nuevamente en soledad.

Si uno es lo suficientemente consecuente con sus objetivos (cabeza dura, dirán otros), el siguiente paso es revisar los cajones, para encontrar allí algunas más sueltas.

Aun así, y dependiendo de la cantidad de habitantes de la casa, el número de casos resueltos dejará también una madeja de medias impares. ¿Habrá que tirarlas a todas? ¿Inventar barbijos de dudosa utilidad? ¿Imponer la moda de utilizar medias distintas? ¿Las dejamos así pateando la pelota para adelante? Otro dilema, difícil de resolver.

Acaso la palabra “media”, en sí misma, como sustantivo, es también la perdida de otra palabra, la originaria, “calcetín” o “calceta” que viene de “calza” calzado, lo que cubre el talón (lo siento, tuve que ir a buscar la etimología, la Marie Kondo del lenguaje no me dejaba en paz)

Estos dos pendientes tienen algo en común. Se desenvuelven de a pares. La presencia de una de las partes, da cuenta de la ausencia de la otra.

Más difícil es descubrir la vida secreta de otros objetos que nos rodean. Por ejemplo, los libros. Los libros no dejan huella de su ausencia, salvo en la memoria, que siempre es esquiva.

Como Uds. saben, hay dos clases de tontos en el mundo. Los que prestan libros y los que lo devuelven. Yo pertenezco a ambas categorías, lo que me lleva a buscar “Atrapa al pez dorado (meditación y creatividad)” del cineasta David Lynch por diferentes estantes hasta acordarme que años atrás se lo presté a mi hijo mayor. Sí, el que se acaba de mudar. Y vos, querido lector, ¿Cuál libro volverías a leer en estas semanas? Respondenos al mail socios@ymca.org.ar  y participá del sorteo de una Remera YMCA

Mi siguiente búsqueda es por “El Eternauta” (colección completa), que, también, vaya uno a saber por dónde anda. Quizás con todas las medias que no encontramos. En esa historia, Argentina era invadida por unos extraños aliens que primero la rociaban con unos copos blancos que mataban al solo contacto con la piel. Había que quedarse encerrado o protegerse para salir. El libro puede estar perdido, pero algunos de sus personajes casi los siento en la piel cada vez que me enfundo protecciones varias para salir al kiosco de la esquina. Salvo, Juan Salvo se llamaba el personaje principal del eternauta. Como él, estoy seguro que todos, y entre todos, nos seguiremos manteniendo a salvo. Incluso el gato de Schrödinger.

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