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¿Tantas cosas teníamos pendientes? III

Por Javier Petit de Meurville 

Cuando es uno quien le pregunta  a su mujer qué más podría hacer en la casa, estamos en problemas. Es el momento de reconocer que la cuarentena nos está afectando. Por supuesto que hay algunos pendientes muy notorios que queremos que sigan pendientes. No por su complejidad intrínseca, sino por nuestras limitaciones extrínsecas. Vamos a ejemplificarlo. En mi caso, creo que hay un acuerdo tácito: el techo del baño, especialmente en el sector de la ducha, tiene que quedar fuera de mi alcance. Es que allí, una pequeña mancha que parecía una isla en el  medio de un océano blanco tiza, se ha reproducido cual población de China, convirtiéndose en archipiélago primero, y continente después.

No es que no pueda rasquetear, pasar un cepillo con agua lavandina y pintar después. Cualquiera lo hace. En otras épocas, en un fin de semana, lo he resuelto. El problema han sido los daños colaterales. Las manchas en el espejo del baño, en la tapa del inodoro, el camino de gotitas desde la lata de pintura hasta distintos lugares de la casa, sin contar la pisada con la zapatilla y la zapatilla misma.

Un arreglo mínimo termina en una limpieza general de la casa, que uno observa, agotado, en un merecido descanso, con el control remoto en la mano, sin comprender las miradas furibundas que recibe de su compañera yendo y viniendo con el trapo de piso, el balde y alguno de esos líquidos que se usan y de los cuales nunca aprenderemos nosotros cual es el apropiado para cada superficie.

Dejando, entonces, el techo del baño para una futura hecatombe o distopía, aprovechando que comenzaron un par de días frescos, el pendiente que salta a la vista, es fácil de imaginar. Tal vez no venga a cuento, pero en The Inevitable, (Penguin Books, 2017) un libro en donde Kevin Kelly repasa las principales fuerzas que dirigen los cambios tecnológicos y humanos de cara al futuro, hace una distinción interesante entre utopía, distopía y protopía.

Para traducirlo con mis palabras, una utopía (un lugar que no existe) seria por ejemplo un mundo en donde logro pintar mi casa y hacer todos los arreglos necesarios sin daños colaterales. Lo sabemos: es imposible, pero es una bella aspiración y puede motivarnos a ir mejorando (o a hacerme trabajar en el hogar).

Una distopía (dis, etimológicamente, equivale a malo, y tropos a lugar) es un espacio indeseable, caótico, un escenario post-nuclear, por ejemplo, donde todos permanezcan encerrados en sus casas y deban arreglar cada uno de los artefactos del hogar. Como nos lo recuerda Kelly, las distopías no se sostienen en el tiempo, terminan organizándose y/o buscando una nueva normalidad.

Reconozco que me esfuerzo por salirme del pensamiento binario, de planteos maniqueos, y posiblemente por ello me atrae el concepto de ¨protopia¨, que acuña Kelly y que, para sintetizarlo,  expresa que la humanidad realiza un proceso de cambio, de aprendizaje y de micro-avances permanentes. No hay enormes saltos tecnológicos ni revoluciones que crean distopías. Cuando llega la electricidad a las industrias, estas disponen los cables en la misma forma que lo hacían con las cañerías de la energía a vapor, hasta que advierten la maleabilidad, potencia y libertad de la nueva fuente de energía, y este cambio de paradigma copernicano, fue gradual y llevó a mejoras para la civilización. Es difícil de ver, pero la protopia es lo que estamos habitando.

Las estufas son uno de los artefactos domésticos más relegados y con menos ¨saltos¨ tecnológicos, si se quiere. Se mantienen silenciosas, pegadas a la pared, sin molestar a nadie. Es cierto que hacen ese olor a quemado cuando las encendemos por primera vez, como si se desperezaran y dijeran, bueno, aquí estamos. Sé que esta es una revelación que no saldrá en la primera plana de los diarios ni le volará el flequillo a Marie Kondo. Y puede parecer de obsesivo o maníaco, mucho más que Marie Kondo. Pero en tiempos extraordinarios, se imponen acciones extraordinarias. Si limpiamos las estufas antes de encenderlas, querido lector, no nos contaminarán con ese olor desagradable.

Es bueno, antes de emprenderla contra los cuatro tornillos que sostiene la carcaza exterior, comprobar que Pablo, el portero del edificio de al lado, siga en funciones. No es que uno desconfíe de las propias habilidades, sino, todo lo contrario, justamente por conocerlas. Además, hay que ser organizado y ¡estar abierto al trabajo en equipo! El que algo sabía de armar equipos, era Ghandi. Si no vieron la película, aprovechen, está en Netflix, dura tres horas, trate de evitar los hermosos paisajes e identifiques con todas las veces que Mahatma estuvo preso pero ¡finalmente salió! Y a vos, querido lector, ¿Cuál película te ha encantado en estos días? Sortearemos una remera entre los que respondan al mail socio@ymca.org.ar

Muchos años atrás, un invierno, no pude prender la estufa. No había forma. Un plomero tardó exactamente siete minutos en retirar la carcaza, pasarle un trapo al conjunto exterior, desatornillar el visor, retirar un poco el pico del piloto, le pasó una aguja varias veces al caño del piloto, sin siquiera probarla, volvió a atornillar todo. Como en un acto de magia, la nueva llama del piloto era brillante, encendió sin problemas y sin olores extraños. Esos siete minutos me costaron lo que me pareció una fortuna en ese momento. A punto tal de que pensé seriamente en cambiar de profesión.

Los siguientes años lo hice yo. No siempre con excelentes resultados, lo reconozco, y, por supuesto, no me lleva siete minutos sacar los seis tornillos y pasar una aguja y un trapo. Pero pensando en lo que cobran, creo que son los setenta minutos mejor invertidos en estos días de finanzas enloquecidas.

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