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Tantas cosas teníamos pendientes

Por Javier Petit de Meurville

Aunque no lo crean, hay algo que une a un rinoceronte con Júpiter, Saturno y un turrón.

Un terrible rinoceronte aparece de la nada, a pocos metros. Rasca con sus patas delanteras el piso, como dándose impulso. Nuestro protagonista, aterrado, siente el piso temblar a sus pies y se queda inmóvil. El rinoceronte otea el horizonte, vuelve a rascar el piso. Luego, sale disparado en otra dirección.

Por la noche, entre las sombras cambiantes por la hoguera, los rostros de los otros miembros de la tribu se quedan en silencio cuando escuchan, asombrados, la historia del rinoceronte.

Pocos días después es uno de ellos quien, persiguiendo una presa, se topa con un rinoceronte. Recuerda la conversación escuchada bajo el titilar de las estrellas. Se hace una estatua de sí mismo. Nuevamente, el rinoceronte pasa de largo.

Aquella historia compartida en la hoguera ha salvado una vida.

Los miembros de la tribu no lo saben, la humanidad de aquel momento deberá evolucionar varios siglos para descubrir que los rinocerontes, a pesar de sus grandes ojos, son casi ciegos pero tienen un olfato y un oído extraordinarios. Pueden escuchar la más leve pisada sobre el fino polvo de la sabana. Permanecer quietos, sobre todo si estamos en sentido opuesto al de la brisa que acaricie a la bestia y de paso les lleve nuestro aroma, nos hará invisibles.

Lo que si saben los miembros de la tribu reunidos frente a la fogata, es el valor del encuentro, la importancia de ciertas ceremonias, un acto repetido que los congrega, los invita a compartir lo reciente, lo que haya ocurrido, lo que los haya afectado, lo que los ha maravillado o, por el contrario, aterrado.

Algo que podía aterrar a nuestros ancestros eran las luces cambiantes de la noche. Para disipar ese miedo o para entenderlo, lo observaron y le pusieron nombres, elementos todos que se fueron reuniendo bajo la astrología primero y, luego, la astronomía.

Y después de ochocientos años, nos cuentan los diarios, las órbitas de Júpiter y Saturno se superpondrán de tal forma este 21 de diciembre, que, en algunas latitudes, parecerá la estrella de Belén. Hay quienes dicen que esta conjunción planetaria, o el estallido de una supernova, pudieron trazar en el cielo, más de dos mil años atrás, la estrella que los tres reyes, con su ofrenda de mirra, incienso y oro, siguieron para dar con el Rey de reyes recién nacido.

La astronomía, la arqueología, en síntesis, la ciencia, quiere explicar un fenómeno como la estrella de Belén, en parte porque siguiendo la letra de la Biblia se han hecho hallazgos arqueológicos, o descubrimientos diferentes pueden relacionarse con algunos de sus pasajes; en otra medida, porque la ciencia, como la filosofía, no pueden dejar de preguntar y, en sus preguntas, provocarnos.

Las ceremonias, los rituales, son una forma de anclar la fugacidad del tiempo, de recordarnos que dentro de este mundo cambiante hay cosas que se repiten, como los ciclos de las estaciones, como las órbitas de los planetas, como el valor de las historias que nos transmitimos desde tiempos recientes o inmemoriales.

Pero hay algo más.

Y sé que lo están esperando.

¿Qué tiene que ver el turrón en todo esto?

Napoleón Bonaparte necesitaba movilizar sus ejércitos para sus campañas de conquista, que era la forma que encontró para entrar en la historia. Las tácticas y estrategias de la guerra no se sostienen sin una logística robusta. Gran parte de esa logística y sus costos asociados, estaba en la alimentación de las tropas. Napoleón lanza entonces un concurso millonario para aquel que pudiera inventar un alimento de gran valor energético en una porción chica, fácil de transportar y que no requiera cocción para comerse ni frio para mantenerse fresco durante mucho tiempo. Acertaron. Un tal Turrón inventó el alimento que se popularizó primero en la mochila de los ejércitos napoleónicos. Más de tres millones de personas murieron en aquellas guerras.

Estamos concluyendo un año que nos ha afectado a todos, profundamente. Ya no puedo hablar de los pendientes que tenía en forma previa a la pandemia. Los pendientes, ahora, tienen que ver con la etapa de la pandemia que atravesamos. ¿Que nos deja?

El rinoceronte nos está persiguiendo y alcanzó a muchos de nosotros. Seguimos en peligro. Tenemos que contarlo al resto de la tribu. Salvemos todas las vidas que podamos.

Por terrible que parezcan las pérdidas que sufrimos, algo dicen. Algo nos enseñan.

En mi caso, reconocerme creyente. Creyente de la ciencia que pueda sanarnos, aunque desinteresado de la ciencia que pretenda explicarme la estrella de Belén.

Creyente, sí, de la estrella de Belén. De lo que encarna. De lo que nos conecta con algo superior que nos trasciende y, de alguna forma, nos justifica.

Y este fin de año en particular, el turrón, ese bocado dulce creado para sobrevivir a la más amarga experiencia inventada por el hombre, me recordará la alegría de compartir un tiempo de paz con nuestros seres queridos, con nuestros compañeros de trabajo, con nuestros amigos del club, con los amigos de los distintos grupos que integramos, con los amigos que ya no están de cuerpo presente, con los nuevos amigos que nos traerá el tiempo.

Ese tiempo, el que por estos días renace.

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