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Frases con historia

Por Luis Zamar

Hurgando en el arcón de la lengua, encontramos un montón de dichos y palabras perdidas: “Estoy en la pomada”. “Me pegué un julepe...” “Ese te arrastra el ala”. “¡A la flauta!”. “Emperifollate que salimos”. “¡Qué plato!”, “Berreta”. Para algunos son expresiones naturales del habla cotidiana, y para otros, extraños y desconocidos (pero simpáticos), sonidos.

Así como las palabras hablan de nuestros orígenes, de los encuentros con otras culturas, de nuestra identidad nacional y regional, también delatan nuestra edad. La expresión “alta fiesta” con la que un adulto veterano podría elogiar un evento social distinguido, de elite, tendría diferente significado si fuera dicho por un joven: éste estaría dando a entender algo exageradamente bueno o genial. Y es que a través del idioma, a pesar de las cremas y cirugías, se expresan las diferencias generacionales. Las palabras, como la ropa y la música, forman parte de la moda de una época. Y las modas pasan, pero también vuelven. Si lo analizamos, el lenguaje amoroso es un terreno fértil para descubrir estos verbos: apretar, transar, chapar, metejón, comer, etc. “Chapar” es un ejemplo de aquellas voces que volvieron, en determinado momento, a estar en uso. Ya ven entonces, no todas las palabras perdidas, están perdidas. Veamos algunas más de ellas.

Bicoca

Esta palabra se origina a partir de una guerra. Sí, una guerra que se libró hace mucho tiempo, en el siglo XVI en Bicocca, una localidad italiana cerca de Milán. Los españoles fueron atacados por el ejército francés, que no solo era más prestigioso, sino también más numeroso. Sin embargo, la victoria del ejército español fue rotunda gracias al uso de una de las primeras armas de fuego: el arcabuz. Castellanizado como bicoca, el nombre de la batalla se convirtió en sinónimo de algo que se obtiene de manera fácil, o con poco esfuerzo.

Botarate

Esta palabra, guardada en el baúl de los recuerdos, se emplea como adjetivo peyorativo. Porque botarate es alguien atolondrado, inconsciente, fanfarrón y alborotado. El famoso tango Botarate, de José de Cicco, escribe a la perfección un ejemplo cabal de este tipo de individuos: “Botarate, por tu pinta abacanada, te prestas pa` la cachada, te juna media ciudad”. Y, si bien muchos seguimos escuchando el tango, la expresión cayó en desuso, junto a badulaque y tarambana.

Chacota

Algunas palabras se extrañan particularmente, porque ninguna logró suplantarla con la misma gracia y contundencia. Chacota es una de ellas. Si bien en portugués podría ser el palo que marca el paso del baile, indudablemente aquí cuajó como sinónimo de broma o burla. El “Me están tomando para la chacota”, era el lamento de quien sabía que lo estaban burlando o tomando  de punto. La etimología del término, que también se utiliza en España para mencionar a los festejos con carcajadas y sonoridad, tuvo su auge en nuestro país en la década del 60. Incluso en 1963 se estrenó una película llamada La chacota, protagonizada por Luis Aguilé.

Chitrulo

¿Alguna vez escucharon esta palabra? La única advertencia es que si se la dicen, no lo tomen como un halago. Proviene del término napolitano citrullo, que significa, tonto, bobo o necio. Aunque en la antigüedad también era la forma popular de llamar al pepino (cetriolo). Por alguna razón, las verduras en general, siempre funcionaron muy bien para insultar con inocencia a otro. Existe una gran variedad de “sinónimos vegetales” y, zapallo, papafrita, zanahoria, nabo y gil (de perejil), son algunos de los más divertidos.

Julepe

Otra palabra perdida entre los almanaques. Funciona como sinónimo de jabón, y ambas significan susto, miedo. “¡El julepe que me pegué!” puede ser una expresión conocida para ustedes. Pero lo que seguro no saben, es que esta palabra es de origen árabe. Deriva de gulláb (agua de rosas), y posee múltiples sentidos, que poco tienen que ver con el significado original. Según el país o la región en la que nos encontremos, podemos estar hablando de un trago con menta (como en Estados Unidos), de un juego de naipes (en España) o de un problema (en Panamá y Puerto Rico).

Marchanta

Es casi inevitable pensar en esta palabra, sin unirla automáticamente a la expresión “Lo tiro a la marchanta”. Es que hacer algo a la marchanta, significa realizar una acción al descuido, sin importar lo que suceda. Su origen etimológico no está claro, pero es un término que podría provenir del francés marchand (traficante) y merchante (comerciante). Lo cierto es que nos acompaña hace mucho: ya en 1923 en el entrañable tango Mano a mano, Carlos Gardel cantaba como ninguno, “los morlacos del otario, los tiras a la marchanta”.

Patatús

¿Hace cuánto tiempo que no le da un patatús? Dicho en estos términos, puede que le parezca que no padece uno desde el año del ñaupa, pero no. Patatús es una de esas expresiones que dejaron de usarse, o que solo emplean nuestros abuelos, y significa perdida repentina y transitoria, de la conciencia y la facultad de movimiento. Es decir, un simple desmayo. Sin embargo, en Venezuela puede abarcar desde una lipotimia o bajón de presión, a un infarto. Tanto en Venezuela como en Colombia y Méjico, se usa con frecuencia, pero en la Argentina, podría pertenecer a ese grupo de palabras en peligro de extinción.

 

Bien, ahora vayamos a algunos de los clásicos universales.

Antes pasará un camello por el ojo de una aguja

En el Evangelio según San Mateo se lee: “es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de los Cielos”. Y ciertamente es difícil que un camello entre por el ojo de una aguja. La frase, que alude a los poderosos que no comparten nada con su prójimo, ha llamado la atención de los comentaristas bíblicos, por lo inusitado de la comparación. Muchos estudiosos de la Biblia parecen haber encontrado en esta frase, un error de traducción del griego “Kamilos” (con i breve), que en realidad vendría a ser “soga” o “maroma”. De esta manera la comparación tendría mucho más sentido, y no como la primera interpretación que se hizo como “Kamelos. Algunos también suponen que en Jerusalén había una puerta, que por su forma y su estrechez, era llamada “El Ojo de la Aguja”. Pero nunca se comprobó su existencia. Para otros, se trata de una confusión entre dos palabras que en hebreo suenan muy parecido: camello se dice gamal, y cable, gavel. Enhebrar un cable (una soga) por inconcebible que ello sea, resulta menos disparatado, que enhebrar un camello. Pero la Biblia es rica en metáforas que asombran. ¿Por qué no admitir también ésta? Sobre todo si se piensa que desde hace veinte siglos, integra el más vívido repertorio de nuestras expresiones.

El talón de Aquiles

Aquiles, el héroe de la Ilíada, no podía ser herido más que en una parte de su cuerpo: el talón. Cuando era niño, según la leyenda, su madre Tetis lo sumergió en el Estigia, uno de los ríos que circundan el infierno. Quien se bañaba en él, se volvía invulnerable. Pero el talón del que la madre lo sostenía, no fue mojado por las aguas mágicas. Por eso murió en el sitio de Troya: una flecha envenenada le dio justamente en el talón. La frase alude hoy a los aspectos más débiles y expuestos de un individuo. Si sucumbe con facilidad a los flechazos del halago o de una tentación determinada, decimos que esas zonas erróneas, son su talón de Aquiles.

¡Elemental mi querido Watson!

Es corriente dar por descontado que fue Sir Arthur Conan Doyle, el creador del detective más celebre de la historia, quien puso esa expresión en boca de su personaje. Pero hete aquí, que ella no figura en ninguno de los muchos casos que resolvió. Aunque Sherlock Holmes explica con todo detalle sus conclusiones a su fiel colaborador -el Doctor John Watson-, nunca llegó a pronunciar la tan citada frase. Según tomas Eloy Martínez (Página / 12, 3 de enero 1994), esas palabras fueron inventadas por el actor británico Basil Rathbone. El nombrado, que encarno a Holmes en doce películas, improvisó esa jactancia durante la filmación de El sabueso de los Baskerville, estrenada en 1939. Fuera del cine y de la literatura, la frase constituye hoy, una expresión de suficiencia. Como si quien la pronuncia, fuera un ser al que todo le resulta obvio. Un razonador infalible, al que solo le falta la pipa y el gorrito, para alcanzar la omnisciencia de Sherlock Holmes.

Lágrimas de cocodrilo

El llanto de aflicción del cocodrilo, es una invención del hombre para poner en palabras, sus propios sentimientos. Cuando alguien finge dolor ante una desgracia, decimos que “está llorando lágrimas de cocodrilo”. La expresión tiene su fundamento, ya que los cocodrilos lloran mientras matan o devoran a sus víctimas, pero no lo hacen por un motivo emocional, sino por razones estrictamente biológicas. Verdad es que del saco lacrimal de estos reptiles sale un líquido que bien puede ser considerado llanto. Pero éste no es el resultado de la tristeza, sino del esfuerzo y de la necesidad de tener sus ojos siempre húmedos. Por carecer de una función masticatoria, el cocodrilo no puede reducir a trozos sus bocados, que llegan a veces al tamaño de un cordero, o de una persona. La dificultad para tragar, los obliga a forzar al máximo las fauces y los músculos de la cabeza. Esa congestión tremenda, es la causante de las lágrimas. La acción de llorar mientras se devora con ferocidad una presa, ha sido tomada como arquetipo de la hipocresía. Una fábula, como tantas que dejan mal parados, a los bichos que nos rodean. Y que se aplica con mucha propiedad, a algunos seres humanos.                                   

Con esta última frase, nos damos por satisfechos. Pero aún nos quedan más. ¡Hasta la próxima!  

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