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Tantas cosas teníamos pendientes

Por Javier Petit de Meurville

Bochas

Tejo

Pelota a Paleta

El ejercicio consiste en contraer el dedo gordo del pie izquierdo sobre una cinta de plástico color verde, que esta estirada frente a mí, e ir recogiéndola bajo la planta de mi pie. La cinta debe medir un metro, es delgada, pero se siente cada vez más gruesa a medida que el pie repite el movimiento. El kinesiólogo me dijo que repita cinco veces la extensión de la cinta con la mano primero y, luego, la lenta y trabajosa recolección de la cinta con mi pie izquierdo.

Más de un año atrás, camino a Sede Parque, me di un fuerte golpe en el pie izquierdo. Dos infiltraciones me permitieron retomar ese trotecito corto y ese trotecito largo durante poco más de una hora, al que yo llamo “correr”. Poco antes del inicio de la cuarentena, el dolor volvió, fortalecido, y coincidente con el fin del efecto de la infiltración.

Convencido de que el traumatólogo me impediría seguir corriendo, postergué durante semanas y semanas la consulta. Era un pendiente que dejaba pendiente con absoluta premeditación y alevosía. Para no decir cobardía.

Cabeza a cabeza

Mete-gol-entra

Penales

Fulbito

Al hacer el ejercicio presto atención a mi dedo gordo del pie: se extiende más allá de los otros dedos y esta levemente corrido hacia adentro. Se me antoja parecido a  la cabeza de una tortuga. Me doy cuenta que me recuerda a los pies de mi padre. De pronto no estoy en un consultorio en un octavo piso de un edificio de Belgrano. Los pies descalzos de papá están sobre la arena de la playa de Claromecó, allí apareció por primera vez el mar al inicio de mi infancia. Papá te podía pellizcar haciendo pinza con el dedo gordo y el índice de su pie. Nos sorprendía más de una vez. Y se reía. También vi esos pies golpear certeramente una almeja que previamente había cazado en la orilla. Apoyaba la almeja blanca de bordes amarillos sobre la parte húmeda de la arena y, con un golpe de talón, la partía. La lengua completa de la almeja salía volando unos metros hacia adelante. Papá la buscaba y se la comía cruda, frente a nuestra cara de asco. Y se reía nuevamente.

Truco

Chin chon

Escoba de quince

Muchos momentos se agolpan mientras mi pie izquierdo recoge la cinta plástica.

Papá conoció el mar y transcurrió los primeros veranos de su infancia en ese lugar, e intencionalmente propició lo mismo para sus hijos. Era una geografía única, con los dos soles sobre el mar, el sol del amanecer, el sol del atardecer, y de un tercer sol, el de un faro que vigilaba a lo lejos. Pocas playas en Argentina tienen esa gracia. Reta, Monte Hermoso la comparten. En esas latitudes pasó luego su luna de miel con mi madre. Hacia allá íbamos todos, apretados en un Renault 4. Luego, cuando fuimos seis hermanos y el auto un poco más grande, nos repartíamos entre el auto y los micros, porque había que tomar dos micros para llegar desde Buenos Aires hasta Claromecó. Un micro de larga distancia hasta Tres Arroyos, y luego una especie de micro tipo colectivo urbano o transporte escolar a Claromecó.

Burako

Rumi

Damas

Scrable

Mi padre siempre dijo que no iba a heredarnos propiedades ni ninguna otra riqueza que no sea una educación. No lo cumplió tal cual lo expresó pues, en el camino, tal vez sin darse cuenta, fue dejando imágenes, momentos que como unas semillas de pronto se activan, hunden sus raíces en el tiempo, sorben los minerales más inesperados de la memoria, y emergen en el lugar y el momento menos pensado.

Recién ahora, mirando el sol de noviembre que preanuncia el verano en la ventana del kinesiólogo, advierto su intención de llevar a sus hijos a conocer el mar en el mismo lugar donde él lo hizo. En esos veranos, se reencontraba con los amigos de su infancia, y nosotros nos hicimos amigos de los hijos de sus amigos de la infancia. Aunque luego cambiamos el destino de las vacaciones, el espíritu era el mismo. Papá jugaba y se reía mucho en el verano. Tal vez todos lo hacemos, sin darnos cuenta que además de disfrutar, estamos sembrando futuro en nuestros hijos.

No sé cuál será el próximo ejercicio que me de el kinesiólogo. Algo tiene que ver una pelota de medio metro de diámetro color rojo, porque veo que la trae hacia mí.

Tampoco sé si mis pies en verdad se parecen a los de mi padre. Ya no hay forma de saberlo y en realidad no importa.

Generala

Diez mil

Generala obligada

Yo creía que la buena noticia de enfrentar el pendiente de ir al traumatólogo era que me diagnosticaron una osteocondritis y que eso quiere decir que mientras me aguante el dolor puedo seguir corriendo. O haciendo ese trotecito largo y ese trotecito corto que yo llamo “correr”.

Pero la buena noticia era otra.

El movimiento no tan solo recupera mi pie sino que mueve otras fibras. Y ellas despiertan algo tal vez más primitivo, más atávico: el recuerdo de un hijo sobre su padre, las huellas que un padre, sin saberlo, deja en un hijo.

Y, ¿por qué no? las ganas imperiosas de pasar un verano, todos juntos, compartiendo y sembrando muchas risas.

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