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Tantas cosas teníamos pendientes

Por Javier Petit de Meurville

Hay una forma de clausurar todos los pendientes. Puede, sin embargo, abrir otros que no podrán cumplirse. Creí que me había pasado eso con ella.

Es que, después de la segunda cirugía de cadera, mi madre no habitaba el mismo tiempo y espacio que el resto de los mortales.

Mayormente estaba en la previa del casamiento de mi hermana, la del medio. Tenía problemas con las botas, con los arreglos florales, con un tren que no llegaba.

Desde la cama del hospital, con un tubo transparente colgándole del brazo izquierdo, arremetía con la ansiedad propia de quien llega tarde al casamiento de su hija, exigiendo tal o cual cosa.

Ese negrito no me gusta, es malo. Decile que no venga más, me dijo frente a un enfermero con cara de pocos amigos. Inmediatamente pensé que tal vez no estaba tan equivocada.

En otras oportunidades me pedía que doble de tal o cual forma las sábanas y las frazadas; que fuera por el vestido azul; o que sacudiera el mantel en el patio. Y yo intentaba cumplir, realizando la mímica de los pedidos, para sorpresa de más de uno de los eventuales compañeros de cuarto.

Pronto descubrí que  cenaba un poco más si le contaba historias mientras empujaba las cucharadas de arroz, de puré de calabaza o del flan (en donde, disimuladamente, le filtrábamos medicamentos). Fue con esa urgencia que le inventé un personaje a su medida: la “Abuela Huesitos”.

Pero sus lagunas y alucinaciones seguían y, a veces, se enojaba sin motivo aparente.

En esos momentos pensé en escribir un cartel y colgarlo a los pies de su cama. Podría verlo cualquiera que pasara cerca, pero no ella.

¨Esta es Angelina Moreno. Tiene 82 años. Nació en San Juan. Fue maestra, ejerció en escuelas rurales del interior del país y en escuelas privadas de la capital con la misma dedicación. Ama a los niños. Tuvo seis hijos, todos de parto natural. Estuvo casada con el mismo hombre durante treinta y dos años. Hace veinticinco años ese hombre se fue con una mujer más joven y desde entonces vive sola. Enseñó a sus hijos que el título de señor o señora no lo daban en ninguna universidad y era el más valioso. Que el trabajo no se hace tanto por la paga sino por la dignidad. Y que el dinero no era la medida de las personas ni de la vida.

No usaba malas palabras. Siempre dijo por favor, y gracias.

Si ahora no lo hace, no es ella, es su enfermedad la que habla.¨

Los enfermeros, los visitantes de las habitaciones vecinas, los médicos en sus rondas podrían ver en ese cartel algo más que a la vieja afiebrada de discurso incoherente. Esta era una persona con una historia, y esa historia le daba entidad más que la enfermedad y la delgadez del futuro que tenía por delante.

Pronto imaginé que otros familiares de pacientes creerían que era una buena idea. Al tratar de copiarla deberían pensar en este familiar o amigo, que tenían padeciendo una enfermedad. En ese cartel dejarían de lado lo injusto que alguna vez fueron con ellos, las equivocaciones que cometieron, esas debilidades que también definen a las personas. No habría espacio para el dolor que muchas veces se infringen entre sí los humanos, a pesar de amarse mutuamente. Al escribir unas pocas líneas que dieran cuenta de la vida de ese familiar o amigo, ahora yaciendo en una cama, vulnerable, quien escribiera se esforzaría por reflejar lo mejor, lo más significativo, y en ese ejercicio un manto de piedad cubriría al enfermo. En ese ejercicio, un manto de piedad también cubriría a quien daba cuenta, con sus palabras, de aquel enfermo.

Más allá de alejamientos y silencios compartidos, a veces durante años, con mi madre, sin necesidad de inventar nada, ni de exagerar, me sorprendí a mí mismo armando, en mi imaginación, un cartel digno para ella.

La muerte clausura todos los pendientes. Pero, a su vez, inaugura un pendiente cruel: lo que no dijimos, lo que no preguntamos, lo que no hicimos con esa persona que nos deja, como toda compañía, su definitiva ausencia.

Mi madre agonizó desde abril hasta el primero de noviembre de 2015. Durante mucho tiempo sentí que me habían quedado con ella un pendiente atroz, no solo por el cartel que nunca puse en su lecho.

Pero la muerte, además de inaugurar un hueco, crear un vacío, puede instruirnos.

Ahora sé que cada noche, semana tras semana, mes tras mes, cucharada tras cucharada de comida en su boca apretada, no era yo quien la cuidaba a ella. Ella me permitía a mí un ejercicio de humildad y de servicio, dos formas del amor. O, si se prefiere, de esa fuerza que nos hace trascender los cuerpos y, de alguna manera, nos salva.

Hoy, que la cifras diarias de muertes por la pandemia se acumulan como algo ajeno, pero a la vez amenazador, tal vez sería un buen ejercicio pensar: si estuviéramos nosotros internados, vulnerables, ¿Qué escribirían en un cartel a nuestros pies? ¿Tendrán algo bueno para decir de nosotros?

Dado que la muerte puede ser una gran maestra, preguntarnos también qué enseñanza nos están ofrendando, día tras día, José, Carlos, María, Ana… todos los compatriotas que nos abandonan y que dependen de nosotros para no ser un número más en una filmina.

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