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Tantas cosas teníamos pendientes

Por Javier Petit de Meurville

El sol era apenas una línea en el horizonte esa mañana de septiembre cuando Loreto Matilde Moreno, alias Pocha, saliera por la puerta trasera de la casa llevando una madeja de sábanas ensangrentadas. Entre los trastos del jardinero encontró la pala. Los pájaros cantaban en lo alto de los árboles mientras ella hacía un pozo y prendía fuego las telas manchadas.

Adentro de la casa, su hermana menor, Angelina Moreno, a quien le decían Queca, sentía entre sus brazos los latidos acelerados del nuevo bebé.

Esto sucedía  en La Gallareta, un pueblito creado por la Compañía La Forestal para explotar la industria del tanino, en el norte de la provincia de Santa Fe. Papá regresaba ese día de Villa Angela y se cruzó a mitad de camino con los mensajeros que lo buscaban para darle la noticia. Su tercer hijo se había adelantado y por tanto, debió nacer en la misma casa que habitaban, con la sola asistencia de la enfermera del pueblo y de la tía Pocha, de visita por puro azar.

Durante años mis padres conservaron la cama en la que nací.

Durante años, también, mi madre, en cada cumpleaños de cada uno de sus seis hijos, en algún momento del día, lo sabíamos, repetiría la historia del cumpleañero, con la marca de algo único que ella encontraba en cada uno de ellos.

Cuando era mi turno, mis hermanos aprovechaban para decir que en realidad era todo un invento, que yo era el único hijo que no nació en una clínica por la simple y sencilla razón de que era adoptado. Que me habían encontrado en una canasta, que en una zanja, que me dieron como parte de pago de un trabajo de mi padre, que los gitanos, que los de un circo, o que los tobas me dejaron en el zaguán. La imaginación de mis hermanos, cuando se lo proponen, no tiene límites.

Por si las circunstancias que rodearon mi nacimiento fueran pocas, mis padres no tuvieron mejor idea que elegir como mis padrinos a mi tía Pocha, bibliotecaria, solterona alegre, comunista de tertulias en Paraná, agnóstica, amante del cine; y al Padre Alcides Rougier, sacerdote católico de la parroquia Cristo Rey de Gualeguaychú, coleccionista de cucharitas, con una carcajada que hacía reír hasta a los muertos, piloto temible del Citroën 3CV que bamboleaba por las curvas, apasionado de los juegos de mesa que generalmente compartía con el rabino y el sacerdote protestante de la ciudad que le tocara en suerte en su misión.

Los párrafos anteriores bastarían para que cualquier psicólogo renunciara a asistirme bajo cualquier circunstancia pero eso, en todo caso, es otra cuestión.

Menos de un año después de mi nacimiento, nos mudamos de La Gallareta sin que pudiera acuñar ningún recuerdo salvo el que mi imaginación reconstruía de los relatos de mi madre o de mi padre, de unas fotos gastadas, de los comentarios escuchados de contrabando de mi tía Pocha o de las otras hermanas de mamá que se reunían en mateadas interminables. Saltaban de un tema a otro en conversaciones sin fin, como en una cinta de Moebius.

Durante años quise volver a La Gallareta y encontrar la casa donde nací. A unos 600 kilómetros de Capital Federal, sin montaña, mar u otro atractivo turístico como para justificar invertir en ello algunos días de las vacaciones familiares, el pendiente se fue estirando.

Finalmente, en julio del 2018 estacioné enfrente de la plaza principal de La Gallareta. Mis padres ya no estaban vivos como para orientarme en la búsqueda del domicilio de mi nacimiento. Pero uniendo las pistas de los comentarios de mi madre, de mi padre, recuerdos de mis hermanos, de un anciano que interrumpí en su paseo por la plaza principal, y una pesquisa en el Museo del Tanino, encontré la vivienda donde nací. Cincuenta años después, es la Casa del Niño, un hogar para niños en situación vulnerable, y también un merendero y dispensario, aunque ahora funciona solamente unos pocos días de la semana. Sin saberlo, había estacionado exactamente allí al llegar.

No pude entrar a la casa. Pero ya no era importante. Encontrarla no se trataba de mí.

Si había algo importante, algún origen, no era en un lugar, sino  en una memoria. En las conversaciones de mis tías, de mis padres; en las visitas a los abuelos en Santa Fe; en los juegos con mis hermanos; en la carcajada del Padre Alcides; en tantas historias compartidas.

Ahora somos nosotros, con mis hermanos, los protagonistas de mateadas interminables, conversaciones sin fin.

Recordaba todo esto, reflexionando acerca de lo que significa cumplir con lo que tenemos pendiente. 

¿Por qué hay algo inconcluso que nos atormenta hasta completarlo? Algunos valen por el hecho cumplido o por lo que significan para nuestros semejantes. Otros ¨pendientes¨, por el contrario, son valiosos porque al cumplirlos, algo nuevo descubrimos o, tal vez sin darnos cuenta, algo se reinicia.

Como cinta de Moebius.

 

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