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Sacrificios humanos, inmadurez, irresponsabilidad, confusión

Por Santiago Prieto

Cuando era chico un personaje que nos apasionaba era el de Superman. En las revistas era bastante parecido al contemporáneo, pero en televisión era un Superman en blanco y negro (con muchos grises; quienes hayan nacido después de 1978 tendrán que imaginar la emoción que se lograba en la TV blanco y negro), bastante más corpulento que lo indicado por los patrones estéticos actuales. En cualquier caso, pese a lo elemental de los efectos especiales de la época, volaba, ¿Quién no quería volar como Superman?

Abundaban las recomendaciones preventivas por parte de muchos padres y madres que se atemorizaban ante la eventualidad de que sus hijos e hijas, entusiasmados e identificados con el personaje televisivo, además de disfrazarse con una capa trataran de imitar el vuelo de Superman saltando desde algún techo o alguna ventana. Varios chicos aseguraban conocer a alguien que conocía a otro chico que lo había hecho o que vivía cerca de alguien que conocía a alguien que había visto algo así. Sin embargo, esas historias deben haber sido las fake news de la época, que circulaban en aquellas redes sociales pretéritas: conversaciones y reuniones de recreos. Lo cierto es que nunca se vio en los medios una noticia verificada sobre un hecho semejante ni ninguno de mis allegados ni yo conocimos de primera mano un caso que confirmara esos rumores.

Parece ser que los chicos teníamos mucha suerte o que no éramos tan inmaduros, en relación a la corta edad que teníamos, como para hacer semejante tontería y saltar de un techo pensando que, por desearlo, sería posible que en lugar de caer saliéramos volando.

Pensando en aquel pasaje infantil, parecen mentira algunos comportamientos que vemos hoy.

Me toca transitar frecuentemente por la autopista Panamericana. Es increíble la asiduidad con que se puede ver a personas cruzando -o tratando de hacerlo- la Panamericana a pie. Increíble. Me ocurrió ver un intento fallido, con el peor de los finales, y una vez un accidente entre vehículos por esquivar a un peatón. Algunos fueron asintomáticos: llegaron al otro lado. Ni hablar de las acrobacias que se ve hacer, no solamente en las autopistas, a algunos automovilistas y motociclistas. Creo que hay personas que no saltaron del techo cuando eran chicos, pero actúan como si ahora sí fueran, efectivamente, Superman. Sin preocuparles demasiado qué podría sucederle, como consecuencia de su comportamiento, a los otros que transitan por allí y no son Superman ni creen serlo.

Más adelante volveré sobre esto. Quisiera ahora referirme un poco a la cuestión de los sacrificios humanos.

Fue ésta una práctica común a varias culturas y religiones. Ofrecer vidas humanas a uno o más dioses, ya fuera como adoración, pedido de perdón o pago anticipado por favores solicitados resultaba bastante corriente. Registros se encontraron acerca de esta práctica entre los egipcios, los chinos, los cananeos, los fenicios, los escandinavos, los romanos, los celtas, los griegos, los aztecas, los japoneses y sigue la lista. Estaban bastante seguros de su utilidad para asegurar sus intereses, su buena suerte, calmar la ira de los dioses, alcanzar dotes de adivinación, asegurar buenas cosechas, éxito en las cacerías, lograr el apoyo en las guerras. Era un recurso bastante multifuncional. De paso, también aseguraba ciertos privilegios a quienes actuaban como mediadores en los rituales y a quienes detentaban el poder en esas sociedades. Afortunadamente, la humanidad dejó mayormente en el pasado estas prácticas, que hoy consideramos salvajes, ignorantes e inadmisibles. ¿O no tanto?

El virus SARS-CoV-2 -llamado “Covid-19” para los cercanos y “Coronavirus” masivamente- es transmitido por las personas y trasladado por ellas. Sobrevive un tiempito en las superficies, pero nunca aprendió a ir de un lado a otro si no es EN los seres humanos. Con esa información, archidifundida por todos los medios y probada y confirmada en todo el mundo por los expertos, las organizaciones de referencia y la evidencia de las cifras, ¿A quién se le podría haber ocurrido que abrir actividades, circulación de personas, bares, restaurantes, participar en asados, fiestas de cumpleaños y los etcéteras imaginables produciría un crecimiento de los contagios y el incremento en el número de las muertes consecuentes? Seguramente todos coincidiremos en que nadie podría anticipar un resultado semejante, ¿O sí?

Tal vez se esté produciendo una confusión entre la enfermedad y los tratamientos y recursos para prevenirla y enfrentarla. No conozco a nadie que esté disfrutando de las medidas de aislamiento; tampoco a nadie que se esté solazando con la enfermedad o la muerte de personas cercanas por causa de este virus. Pero “rebelarse” contra el aislamiento me suena parecido a romper el termómetro para terminar con la fiebre o superar la hernia inguinal levantando pesas, porque estemos hartos de no poder hacerlo.

Y cada vez suena menos sostenible la argumentación de la disyuntiva entre cuidar las vidas o cuidar la economía. Un absurdo. Casi comparable a la actitud que en otros tiempos se tenía en cuanto a los sacrificios humanos. ¿Será que hay que sacrificar algunos seres humanos para que esa deidad -la economía- no se enoje? ¿Cuántos? ¿Quiénes? No parece haber muchos voluntarios, excepto quienes consideran que no les va a tocar ni a ellos ni a los suyos.

Caída del PBI prevista en algunos países (con medidas de aislamiento severo o laxo) y muertes:

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Mientras la Sociedad Argentina de Terapia Intensiva difunde un dramático mensaje señalando la seriedad de la situación, las condiciones extremas en que cumplen sus tareas y el crecimiento alarmante de los contagios, crece también la cantidad de personas que saturan veredas, plazas, bares y restaurantes (en las calles, aunque el distanciamiento social de 1,5 a 2 m parece haberse encogido severamente), incapaces de soportar más tiempo sin ir a tomar algo con los amigos, mientras otras no pueden dejar de organizar o participar en ese asado o aquel cumpleaños o la reunión en la casa de Mengano. La autoindulgencia suele ser inversamente proporcional al nivel de exigencia aplicado a los otros.

Y, de alguna manera, se presume natural y necesario ofrecer el sacrificio de seres humanos que no tienen más opción que exponerse, ya que sus tareas resultan -efectivamente y no como la cerveza- esenciales: todo el personal de salud, por supuesto, y también quienes se desempeñan en mantenimiento, servicios públicos, recolección de residuos, transporte, distribución, locales de venta de alimentos, insumos y farmacias. Y, cómo no, exponer al contagio a todos aquellos con quienes se crucen en la calle, en el lugar de trabajo, en su casa, en el supermercado.

Felizmente, para acceder a la atención médica no se aplica ningún criterio meritocrático. Cualquier persona que resulte afectada por el Covid-19 -al menos hasta que todo estalle y el sistema colapse si sigue habiendo quienes persistan en su conducta irresponsable- recibirá asistencia. Quienes se cuidaron (sacrificando la satisfacción de sus ansiedades y postergando otras necesidades) y quienes se limitaron a romper el termómetro y negar lo evidente. También a quienes cruzan la autopista del Coronavirus a pie, considerando que los vehículos se ocuparán de hacer lo que fuera para que a ellos no les pase nada. Seguramente pensando que no se merecen que les pase nada.

Atravesamos momentos complicados y riesgosos. El crecimiento de la cantidad de contagios, junto a su correlato de fallecimientos, es alarmante. De no procederse rápida y eficazmente en poner freno a las causas de tales contagios (algo que ya vemos suceder en varios países europeos que enfrentan rebrotes), las consecuencias serán atroces. Tratar esto con liviandad y frívolamente no hará más que colaborar a los peores resultados.

De sólo mantenerse el promedio de muertes por Covid-19 ocurridas en la última quincena de agosto (y tengamos en cuenta que a mayor cantidad de contagios mayor será la cantidad de fallecimientos), entre el 1ro. de setiembre y el 31 de diciembre de 2020 morirían en Argentina por esa causa la cantidad de 25.620 personas más (totalizando 34.280 personas muertas por esta pandemia en nuestro país). No es algo para tomar a la ligera. Sería un enorme sacrificio de personas, cuando muchas de esas muertes pueden evitarse manteniendo los cuidados que ya se conocen.

Para dimensionar de qué hablamos:

Muertes totales (todas las causas) en Argentina:

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Como en tantas otras cuestiones, la conducta responsable del conjunto y de cada uno, la actitud solidaria -que incluye los esfuerzos de quienes más favorecidos se encuentren en favor de quienes peor están- y la madurez resultan tanto indispensables como determinantes para el éxito en el esfuerzo de superar esta pandemia. Y las vacunas, solución definitiva para ello, están a la vista en el horizonte. El esfuerzo realizado en los últimos meses merece verse coronado por los resultados buscados y deseados. Evitar la muerte de 20.000 personas y contar con ellas para construir un país y una sociedad mejores después de esta pandemia vale el precio.

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