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Obesidad: La otra pandemia

Por Adriana Zilber

En la actualidad, además de convivir con la pandemia de COVID-19 que se instaló hace meses entre nosotros, somos protagonistas de otra pandemia que afecta precedentemente a millones de personas: la obesidad.

Esta enfermedad, junto al sobrepeso, es uno de los problemas de salud pública más graves del Siglo XXI. Basta con observar los datos en los que la OMS indica, en el año 2016, que el 39 % de la población mundial mayor de 18 años tenía sobrepeso y el 13 % era obesa.

En este sentido, hablamos del concepto de Sindemia para referirnos a problemas sanitarios sinérgicos que afectan la salud de una población en sus contextos sociales y económicos. Reconocer y trabajar sobre esta nueva acepción, permite a los responsables de la salud mundial, diseñar estrategias de intervención comunitaria teniendo en cuenta factores sociales, culturales y políticos que inciden en dicha salud de la población.

Igualmente, el término apunta a la coexistencia durante un período de tiempo y en un mismo lugar, de dos o más epidemias que comparten factores sociales comunes, que interactúan y se retroalimentan entre sí, incrementando la complejidad de sus consecuencias. Así, la Sindemia incluye hoy a la pandemia de COVID-19 y a la pandemia de obesidad.

Siguiendo con nuestro análisis, según la encuesta nacional de factores de riesgo en la Argentina en 2018, el 61,8 % de los adultos del país tiene sobrepeso u obesidad. Por otro lado, a partir de la situación de cuarentena implementada como medida de prevención frente a la posibilidad de contraer la enfermedad causada por el COVID-19, la OMS estima que la población mundial pesará entre cuatro y cinco kilos de más, por persona, al finalizar la pandemia.

La situación es preocupante, desde cualquier punto de vista, por la gravedad manifiesta de sus consecuencias. Abordándolo desde el enfoque de la obesidad, como describe la OMS, se constituye en un factor de riesgo de enfermedades no transmisibles:

  • las enfermedades cardiovasculares (principalmente las cardiopatías y los accidentes cerebrovasculares), que fueron la principal causa de muertes en 2012;
  • la diabetes;
  • los trastornos del aparato locomotor (en especial la osteoartritis, una enfermedad degenerativa de las articulaciones muy discapacitante);
  • algunos cánceres (endometrio, mama, ovarios, próstata, hígado, vesícula biliar, riñones y colon).

Si nos enfocamos en la obesidad infantil, los niños que la padecen sufren dificultades respiratorias, mayor riesgo de fracturas e hipertensión, y presentan marcadores tempranos de enfermedades cardiovasculares, resistencia a la insulina y efectos psicológicos.

Desde el punto de vista del COVID-19, los especialistas coinciden en afirmar que el virus se vuelve mucho más agresivo en el caso de un paciente con obesidad. La Sociedad Argentina de Nutrición publica un informe de datos aportados por el Servicio Nacional de Salud del Reino Unido (NHS), afirmando que: “casi dos tercios de los pacientes que se enferman gravemente por el coronavirus presentan obesidad, siendo aproximadamente el 40 %, menores de 60 años. Según este reporte, el 63 % de los pacientes que requirieron cuidados intensivos debido a complicaciones por COVID-19, tienen sobrepeso u obesidad”.

Además, el contexto que estamos viviendo, ha contribuido a que la población adopte visibles cambios en su estilo de vida. Por ejemplo (y por mencionar solo algunos): mala alimentación, trastornos del sueño, alteraciones emocionales (caracterizados por estados de angustias, estrés, ansiedad, entre otros) y disminución de la actividad física. Todos ellos, factores que colaboran a la construcción de un entorno obesogénico, es decir, que fomenta la ingesta calórica elevada y el sedentarismo  

Culturalmente, existe la suposición que atribuye una irresponsabilidad y falta de voluntad a la persona que posee sobrepeso u obesidad. De igual modo, en la mayoría de los casos, estas personas se proponen metas de cumplimiento a corto plazo, siguiendo recomendaciones no avaladas ni supervisadas por profesionales médicos especializados; asumiendo, de algún modo, que el manejo de la enfermedad se relaciona con la pérdida de peso y no con la mejora de la salud y la adopción de un estilo de vida saludable. Es decir, un estilo de vida que contemple el manejo de 3 variables: la alimentación, la actividad física y el estado emocional.

Ante este panorama, es importante reconocer los efectos adversos provocados por la situación de “encierro” sobre nuestra salud en general, y sobre la obesidad y el sobrepeso en particular. Y luego, ante este nuevo escenario de Sindemia, proponemos que el lector se pregunte: ¿si como sociedad fuimos capaces de aprender e implementar, en muy corto plazo, nuevas conductas de prevención ante una pandemia, por qué no somos capaces de hacerlo para otra?

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