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Tantas cosas teníamos pendientes

Por Javier Petit de Meurville

Gracias a un encuentro accidental y a dos historias, pude comprender de una forma nueva, tres versos de esos que se recuperan de pronto en nuestro pensar.

Lo menos pensado era encontrarlo a José llevando eso. José es integrante de uno de los grupos de amantes de las dos ruedas. Al poco tiempo de conocerlo, nos dimos cuenta de que era ubicuo. A la mañana podía estar en una foto con un grupo reunido al lado de la estatua de Lola Mora, al mediodía, con otro, en el puente Avellaneda y por la noche en su casa en Villa Urquiza. Cuanta reunión se armase, José estaba ahí, como protagonista o como anfitrión.

Durante un tiempo decíamos que, si veías pasar un tipo grandote arriba de una Maxsym negra, no importa dónde estuvieras ni la hora que fuera, seguro era José. Si estabas en la ruta, camino a la costa, y te pasaba una moto a más de 150 km por hora, ese también seguro era José. Pero si vos adelantabas a un grupo de 14 motos que iban a 100 km por hora camino a Lobos, digamos, también era José uno de ellos.

Los encuentros en su casa eran habituales. Tanto que se armó una mesa que despliega unas alas, tiene ruedas que se traban o destraban para cambiarle la orientación, y aparecen sillas de todos lados. Hemos llegado a ser 18 allí. A José hay que obligarlo a sentarse, porque cuando es anfitrión, no se queda quieto, nada se pierde. Si él está en una punta y alguien levanta la vista buscando una cuchara en la otra, antes de que pueda pedirla, está José alcanzándosela.

Nos preocupamos el año pasado, cuando una mañana lo internaron para ponerle dos stents en una vena de la pierna que no nos supo explicar. A los dos días estaba comiendo milanesas con papas fritas en cualquiera de los encuentros del momento, como si nada. José es uno de esos jóvenes de casi dos metros, que ya pasa los sesenta años, y que ni varios stents podrán detener.

Los primeros meses de aislamiento, los soportó estoicamente. Pero ya en julio, cuando logró reabrir su local de luminarias en Scalabrini Ortiz, no pudo con su genio. Y ahí se lo podía ver, con cero grados de sensación térmica, al lado de su moto, tomando un café a dos metros de algún otro loco del grupo, en el estacionamiento helado de una estación de servicio cualquiera. O en Costanera Norte, mirando un río vacío.

Cuando me crucé en la calle Honduras, casi en la puerta de la casa de Evaristo Carriego, a un tipo canoso, grandote, llevando una bolsa de pañales para adultos en la mano, me costó reconocerlo. Él también me miró a mí, a mi changuito violeta, después otra vez a mí. Y seguramente ambos reíamos debajo del barbijo cuando nos chocamos los codos.

No le digas a los muchachos, adelantó. José se inscribió como voluntario en la página del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires para ayudar a personas mayores en el contexto de la pandemia. La asistencia podía ser telefónica o presencial. José, acostumbrado a poner el cuerpo, eligió la presencial. Tenía el domicilio en un local cercano a esa zona, y le asignaron a Francisca. Francisca no solicitaba nada para sí, pues a pesar de sus ochenta, se movilizaba para todos lados. Ella tenía una prima, Luciana, internada en un geriátrico en Almagro, a la cual debía llevarle medicamentos, algunos alimentos, y los apósitos. Y ahí estaba José, periódicamente, convertido de pronto ante una farmacia, en cuidador de Luciana, a quien no conocía, retirando materiales, y llevándolos al geriátrico. Me da vergüenza contarlo, me dijo, pero la verdad es que me da mucha alegría poder ayudar a alguien, aunque la rubia se enoja porque dice que yo soy población de riesgo. La “rubia”, es la novia de José. No entiende nada, me dice.

“Sólo podemos dar lo que es de otros”, dice J.L. Borges. Entonces, dar es una devolución. No nos despojamos de nada, no nos privamos de algo. Estamos regresando algo que nos fuera, acaso temporalmente, encomendado. Nuestra misión se cumple. No merecemos, por tanto, ni reconocimiento ni agradecimiento alguno. Solo damos lo que era del otro. Nuestra carga se libera. Nos sentimos más livianos.

Cuando mi amigo Adhemar advirtió que en los hogares más vulnerables no había pantallas suficientes o conexiones a internet para permanecer en los hogares ante la pandemia, se le ocurrió que hacerles llegar juegos de mesa sería de gran ayuda. La YMCA/Asociación Cristiana de Jóvenes y MACABI, se unieron sin dudarlo, en una colecta. La Fundación Casa Grande también ayudaría en la distribución a comedores y merenderos. Pero esto sucedía en abril, cuando la circulación era mínima y los aislamientos, máximos. Increíblemente, más de 400 juegos de mesa se juntaron en tres días. Entre las ideas publicitarias de Adhemar, estuvo la de colocar carteles en los edificios. Son pocos los departamentos de cada piso en mi edificio, y son todos duplex. Consulté a Silvia, la encargada, dónde era mejor colocarlos. Ella me orientó. Al día siguiente, me golpeó la puerta con una bolsa llena de juegos de mesa. Mi hija los iba a donar al Hospital de Niños, pero como en ese momento era menor de edad, no la dejaron entrar así que estaban en casa desde hace tiempo. Y bueno, acá están.

“Solo podemos dar lo que ya hemos dado”, dice también Jorge Luis Borges. Nunca lo había comprendido. Dar no puede ser un proyecto. Un pendiente. Los juegos guardados. No es algo futuro. Es algo urgente, que debe cumplirse en un ahora. Solamente se completa cuando ya se hizo o se repite la entrega, pero no antes.

El tercer poema, lo tuve mucho tiempo pegado en una de las paredes de mi oficina. Pertenece también a Borges y se llama “Los justos”. En sus últimas líneas dice

         El que acaricia a un animal dormido. 

         El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.

         El que agradece que en la tierra haya Stevenson.

         El que prefiere que los otros tengan razón.

         Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

Además de las mencionadas en estas líneas, afortunadamente, son muchas más las personas que tienen la suerte y la alegría de la entrega, de la devolución, de la solidaridad. Y, lo sepan o no, pretendan hacerlo o no, en esos pequeños o grandes actos, estas personas, que tal vez no se conocen entre sí, que permanecen anónimas en la mayoría de los casos, están salvando al mundo.

No lo digo yo. Me lo explicó Borges, recién.

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