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¿Para qué sirve la escuela?

Por Jorge Gort

“¿Para qué sirve la escuela?” es una pregunta que todos nos hacemos en algún momento de nuestra vida –o en varios- y nos dura un ratito flotando en la cabeza, hasta que le encontramos una respuesta que más o menos nos tranquilice. Se nos aparece cuando la escuela está complicando en alguna medida nuestro bienestar.

En la primera infancia hay que madrugar, extrañamos a mamá, hay un compañero que nos molesta. En la primaria las tareas son largas, difíciles y aburridas. Tenemos que estudiar cosas de memoria que no usaremos nunca y lo que más nos gusta hacer en la escuela, tiene pocas horas a la semana. En la adolescencia, ¡Ni hablar! No hay consuelo posible. El desasosiego que nos provoca es un abismo imposible de esquivar.

Los padres de alumnos nos preguntamos para qué sirve, si el día que necesito que me tengan a los chicos están de paro, tienen Jornada Pedagógica (¿Qué será eso?) o la maestra se encuentra… ausente.

Un ciudadano dedicado al rol de ciudadano y preocupado por un tema nacional pasa por la puerta de una escuela. Mira para adentro y en ese momento es arrebatado por un pensamiento: “No sé para qué sirve esto si a los chicos no se les enseña...” lo que sea que el ciudadano preocupado tenga como preocupación.

Los docentes… ¡Que tenemos tantas verdades que difundir! Sin embargo, no podemos porque el currículum (“Diseño Curricular”) nos impone enseñar una cantidad de cosas que no son tan importantes, y el tiempo no nos alcanza para las “tantas verdades que tenemos que difundir”.

Otra vez, ¿Para qué sirve la escuela?

Las sociedades, con sus culturas creadas y desarrolladas lentamente a lo largo de la historia, fueron decidiendo qué mecanismos darse para el sostenimiento y reproducción de su propia organización. También, y con ese objetivo, qué formas darle a la transmisión de esa organización y de qué modo ir incluyendo a las nuevas generaciones en la vida social y productiva. A qué valores someterse, a qué virtudes aspirar, cuáles son los indicadores de éxito y cuáles los de fracaso. Todas las sociedades lo han hecho siempre. Con el paso del tiempo y la complejidad de la civilización, las funciones se especificaron y se crearon las escuelas para asignarles su función: sostener y reproducir la organización que una sociedad quiere darse.

Hoy hay un problema. Lo tenemos todos en la sociedad. Vino desde afuera de la escuela. Y con este problema al frente nos hemos preguntado cómo sostenemos la escuela.

Inmediatamente implementamos todos los medios y herramientas a nuestro alcance, multiplicamos el tiempo y el esfuerzo, y tratamos de que la nueva actividad virtual y a distancia sea homologada a la actividad presencial.

Pusimos el acento en la actividad intelectual. Sin embargo, con el paso de las semanas, debimos regular esa actividad en función de lo que las experiencias nos fueron enseñando.

La armonía familiar amenazada en la dinámica del hogar, teletrabajo de los adultos, cursada de varios hijos, falta de conectividad por múltiples razones e innumerables nuevas variables que aparecieron, nos condujeron a replantear las propuestas educativas y la operatoria escolar.

Con los recursos que cuenta cada comunidad educativa, se fue asentando una determinada metodología y una rutina de organización, con mayor o menor efectividad, según el caso.

A esta altura del proceso y luego de estas sucesivas adaptaciones, aparece nuevamente la pregunta más interesante: ¿Para qué sirve la escuela?

Para enseñar cómo se vive, cómo se comparte y cómo es bueno accionar y reaccionar como sociedad, en momentos de riesgo y alto peligro colectivo, podría ser una primera respuesta.

Pero esta vez es una pregunta diferente. No resulta consecuencia de una incomodidad disruptiva. Resulta de la observación de los nuevos fenómenos que se están produciendo como resultado de estas nuevas prácticas.

La identidad infantil está constituida también por una identidad de estudiante. Un chico es un sujeto que va a la escuela.  A esa escuela que tiene un nombre, tiene un edificio y unos colores propios. Con sus compañeros, que son su grupo de pertenencia y con su maestra, que es su referente en el aprendizaje sistemático. Ese mundo, que está conformado por estos elementos y muchos otros más, también lo conforma a él como sujeto. Esto es un asunto importante. Es importante que, en la incertidumbre generalizada, sumergido en las alteraciones de la vida cotidiana, horarios cambiados, nuevos cuidados y peligros antes impensados, esté esta constante. “Hay algo de lo que soy, en lo que sigo siendo igual”.

Por eso los ayudaremos sosteniendo estas constantes, más allá de trasmitirles datos, fórmulas o ejercicios.

Al hacer que se encuentren con los suyos y puedan negociar ansiedades y esperanzas. Al pedirles que hagan y mirar lo que hicieron. Al esperarlos y saludarlos. Al entregarles la mirada y recibir la suya como única y personal, porque es ése el fenómeno que humaniza, educa y hace posible crecer.

Y, sobre todo a los más chiquitos, si les hacemos notar que todos los chicos del país y aún del mundo, están estudiando desde lejos de su escuela, que hoy están todos en sus casas, que “universal” quiere decir todo el universo y todos en el universo. Que no es que él haya hecho algo mal. Que no lo está haciendo mal ahora. 

Retomar esa interesante pregunta en este año, puede que nos dé algo de la claridad que necesitaremos en un futuro muy cercano.

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