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Tantas cosas teníamos pendientes

Por Javier Petit de Meurville

Muchos años después supe que la historia era de León Tolstói, pero en aquel entonces, cuando mi padre la contó, yo tendría ocho años y estaba más cerca de la pelota y de los parques que de los libros. Mi memoria contradice al autor ruso, pero le seré fiel a ella.

El emperador enfermó gravemente. No tenía fuerzas, ni voluntad. Ningún médico encontraba la cura. El emperador prometió la mitad de su fortuna, que era grandiosa, a quien interrumpiera su sufrimiento. Aparecieron médicos y magos de todas las latitudes. Se probaron ejercicios, ungüentos, pociones. Nada resultaba.

Uno de ellos dijo tener la solución. El emperador, para recuperar su plenitud, debía vestir la camisa de un hombre feliz.

El emperador envió, en su búsqueda, a sus mejores hombres a los cuatro puntos cardinales.

Cuando una persona se declaraba feliz, el enviado le indicaba que el emperador le concedería cualquier deseo que quisiese. Allí surgían los pedidos, y con ellos, las evidencias de la infelicidad.

Una tarde ven a una persona descansando a la sombra de un árbol. Los enviados le preguntan si es feliz. El hombre responde que sí, que en ese momento, al menos, se sentía un hombre feliz y afortunado. Le ofrecieron entonces concederle cualquier deseo que quisiera. El hombre dijo no querer nada en particular. Los enviados se miraron entre sí, sorprendidos. ¿estaría sucediendo por fin lo que tanto esperaban? Le ofrecieron campos, casas, castillos, viajes, joyas, los mejores caballos, los mejores atuendos. Nada de ello deseaba este hombre. Le ofrecieron cargos en el reino, mujeres sabias, bellas y habilidosas, sirvientes, pensiones y privilegios. Todo lo rechazó.

Entonces el enviado le confió la verdad. El emperador estaba terriblemente enfermo, y lo único que podía salvarlo era vestir la camisa de un hombre feliz. Habían explorado los confines del reino y más allá de él, pero no habían encontrado a nadie hasta este momento. ¿Les daría este hombre su camisa para llevársela al emperador? “Por supuesto, se las daría con gusto, pero yo no tengo camisas.”

El hombre feliz no tenía camisa” es una frase que, como un mantra, cada tanto me surge en la mente sin, tal vez, una comprensión profunda de su significado. La interpretación intuitiva y primera es simple: no son los objetos los portadores de la felicidad. ¿Cómo se logra la felicidad? Todos queremos ser felices, pero ¿nos hemos formulado esta pregunta y encontrado una respuesta, ajustando nuestro hacer a ella?

En mi caso, es una formulación que tenía pendiente.

Parece ser que Richard Davidson, no tan solo se hizo la pregunta, sino que intentó responderla desde las neurociencias. Embarcó a la universidad de Wisconsin en un estudio sobre la mente de diferentes personalidades y descubrió al hombre más feliz del mundo, quien, casualidades o no, resultó ser que tampoco tenía camisas.

En el lóbulo frontal izquierdo de nuestro cerebro se iluminan las neuronas y las dendritas como un incendio cuando estamos felices. Allí florecen las sensaciones y sentimientos positivos. No hay lugar para la angustia, el sufrimiento, los tormentos. Algo así como 256 electrodos conectados a los cerebros de estas personalidades elegidas para el estudio arrojaron un rango de menos tres a más tres en la intensidad de funcionamiento de dicha parte del cerebro. Excepto uno, el que no tenía camisas. Matthieu Ricard, monje budista, arrojó 4,5 en el estudio.

Encontrarán muchas conferencias y entrevistas de este francés, hijo de un médico y una pintora, cercano al Dalai Lama y frecuentemente su intérprete. ¡No se las pierdan! Para él, la felicidad se alcanza, como se alcanza la destreza en algún deporte: con la práctica. En su caso, con la práctica de la meditación, la bondad y la solidaridad. No hay objetos, ni fortunas, ni cargos, o posición social, que la consagren.

La universidad de Harvard fue más lejos, al menos en el tiempo. Realizó la investigación sociológica con el período más amplio. Durante 75 años, siguieron periódicamente la vida de 724 personas de dos grupos: uno, de estudiantes Harvard; y otro, de una zona “trabajadora” de Boston. A lo largo de las décadas les realizaron encuestas periódicas de satisfacción además de practicarles exámenes médicos. Estas personas atravesaron matrimonios, nacimientos, cambios de trabajo, divorcios, lesiones, enfermedades. Ascensos en sus trabajos, pérdidas. Logros y fracasos.

Si bien son muchas las conclusiones a las que arriba un estudio de este alcance, en lo que a la sensación de bienestar, interpretado como signo ineludible de la felicidad, concluyeron que no se basa en los bienes materiales, en los logros laborales, en la fama, en el prestigio. No. Según este estudio, son las relaciones sociales, los amigos y parientes, la clave de la felicidad. No se refiere a muchas relaciones sociales, necesariamente, sino a relaciones sociales de calidad, con amigos y/o familiares.

Ambos estudios coinciden en que la felicidad no es un estado permanente. Hay zozobras, fracasos, angustias y momentos de profunda tristeza. La felicidad, más que un destino al cual se llega de una vez para siempre, es un rasgo, una orientación o forma de caminar (una práctica) que podemos elegir en nuestro peregrinar por la vida.

En momentos de incertidumbre, donde todo parece temblar y resquebrajarse a nuestros pies, es urgente distinguir lo esencial de lo accesorio. Y recordar que, después de todo, el hombre feliz no necesitaba camisas.

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