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Frases con historia

Por Luis Zamar

Habrán observado en las últimas ediciones de “frases con Historia”, la inclusión de palabras o frases, que por su cotidianeidad en el uso popular, parecieran hechas “en casa”. Por ello, creímos pertinente comenzar esta entrega, con una breve reseña o explicación del llamado “dialecto de la calle”: el lunfardo.

Para José Gobello, uno de los fundadores de la Academia Porteña del Lunfardo, se lo puede definir como un repertorio de voces extranjeras traídas por los inmigrantes, siendo un vocabulario que se inserta en la lengua de base (el castellano), que ya incluía las voces de los pueblos originarios.

El lunfardo se compone muy especialmente de términos usados por los italianos que comenzaron a llegar masivamente, hacia fines del siglo XIX. Más tarde se incorporaron expresiones al revés (el llamado vesre), que a su vez generaron nuevas palabras. Por ejemplo, del vocablo italiano batir, se desprende batidor (hablador), ortiba (batidor al revés) y, finalmente, el verbo ortibar.

¿Pero cómo se integra el lunfardo al habla cotidiana?

Siendo una jerga originada y desarrollada en Buenos Aires y su conurbano, y el contar prontamente con la contribución de otras grandes ciudades cercanas, como Rosario y Montevideo, se le facilitó una rápida propagación popular (inicialmente, mediante el encuentro de los jóvenes nativos y los inmigrantes, en prostíbulos y lugares de diversión).

Ahondando un poco más, fueron variados los factores que dieron lugar a la formación de un lenguaje marginal de uso cotidiano, que con el paso del tiempo, se convirtió en el vocabulario de la calle, burlando academias y enciclopedias. Porque el lunfardo es pasión por las máscaras, fidelidad a la palabra heredada y también, un ejercicio de transgresión.

Por eso, mina, bulín, minga o mishiadura, por solo dar algunos ejemplos, son términos que surgieron en la calle y permanecieron a través de varias generaciones en nuestro lenguaje de todos los días.

Bien, continuemos ahora de lleno, con las frases y palabras.

Atorrante

El origen de esta palabra que usamos para referirnos a personas desfachatadas, holgazanas, vagabundas, tiene muchísimas versiones. La más difundida señala que en la década de 1880, en la zona costera de Buenos Aires, se instalaron grandes caños pluviales de desagüe que servían de refugio a personas sin techo. Cuenta la historia que los caños llevaban inscripto el nombre de su fábrica: A. Torrant. De la asociación del nombre de los caños con las familias que los habitaban, habría surgido el término atorrante. También de allí proviene la expresión “ir a parar a los caños”, que empleamos cuando las cosas nos salen demasiado mal.

Otra posible explicación, es que su origen viene de la época de la esclavitud (en lo que hoy es el Río de la Plata), cuando se ponía a los esclavos a tostar las semillas del café, acción que también se conoce como «torrar». Cuando se encontraba a los esclavos descansando en horas en que debían estar tostando el café, se decía que estaban «atorrando». De ahí que se designase dicha palabra, para referirse a alguien que no trabaja, o no cumple con sus obligaciones, o se despreocupa del prójimo.

Pipí cucú

Este argentinismo se usa para decir que algo es espléndido o sofisticado. La divertida leyenda cuenta que se popularizó en la década del 70, cuando Carlos Monzón llegó a París para pelear con el francés Jean –Claude Bouttier. Antes del combate, el argentino recibió la llave de la ciudad y, al tomar el micrófono para agradecer el honor, se dispuso a repetir el discurso que había ensayado largamente. La carcajada de la platea se desató cuando Monzón, en lugar de decir “merci beaucoup” (muchas gracias en francés) tal como lo había practicado, expreso algo nervioso: “pipí cucú”.

Tilingo

Hay palabras que, como si se tratara de una moda, aparecen y desaparecen del uso cotidiano según el contexto histórico. Es el caso de tilingo, expresión popularizada por Arturo Jauretche (además, este pensador emblemático del siglo XX, actualizó el empleo de cipayo e introdujo los términos vendepatria y medio pelo), que la instaló en el habla de los argentinos, como un adjetivo para calificar a las personas ridículas y tontas, de poca inteligencia al hablar, y que se preocupan por cosas insignificantes, generalmente creído de alcanzar una mayor escala social.

El huevo de Colón

No fue Colón el que primitivamente figuraba en esta frase, sino el florentino ¨Filippo ¨Brunelleschi (1377-1446), constructor de la monumental cúpula de Santa María del Fiori. Así consta en el relato del historiador Giorgio Vasai, cuyo libro sobre los artistas del Renacimiento explica cómo y por qué Filippo empleó un huevo con su argumentación. La cúpula de Santa María presentaba tantas dificultades, que muchos maestros la dieron por imposible. No así Brunelleschi, quien en una reunión con sus competidores se comprometió a realizarla. Cuando le pidieron ver su maqueta, Filippo se negó. Tomó en cambio un huevo y propuso que la obra se adjudicase, a quien fuera capaz de pararlo sobre la mesa. Fracasaron todos. El entonces, golpeó suavemente la punta del huevo y al aplastarlo, este se mantuvo firme. La protesta fue unánime: cualquiera podía hacer algo tan simple. Con una sonrisa, Brunelleschi replicó que su idea era también simple y que, si la revelaba, todos podían llevarla a cabo. Las soluciones obvias suelen resultar las que menos se advierten, significa el célebre dicho. El arquitecto florentino reemplaza aquí al almirante genovés. Y lo único de la frase que da en pie es “el huevo...” de Brunelleschi.

El maestro ciruela

Decimos que alguien es un “maestro ciruela”, cuando se empeña en dar a todos, lecciones sobre asuntos que conoce poco y nada. La expresión que viene muy bien para etiquetar pedantes, nada nos informa acerca del maestro ciruela, salvo que “quiere enseñar y no tiene escuela”. En realidad, la frase original no guarda ninguna relación con el ciruelo. Se refiere al pueblo de Siruela, una localidad de Extremadura (España), situada a unos doscientos kilómetros de la ciudad de Badajoz. Ninguno de los trescientos mil siruelenses que hoy la habitan, sabe algo acerca de las tribulaciones del personaje. Si fue la falta de edificio escolar, o un conflicto docente ocurrido hace siglos, lo que dejó pegado al dicho. Lo cierto es que el maestro Ciruela -como se lo llamó después- ha quedado con el prototipo del sabelotodo que no sabe nada. Como el inmerecido portador de un apelativo frutal, como un fantasma extremeño que anda por el mundo tiza en mano, a la busca de un lugar con pizarrón.

El muro de los lamentos

La persona a quien todos acudimos para que escuche nuestros pesares suele ser cariñosamente comparada con “el muro de los lamentos”. El muro que menciona la frase se encuentra en el sitio donde, según la tradición bíblica, se alzó el espléndido templo del rey Salomón. Cuando Nabucodonosor obligó a los judíos a exiliarse en Babilonia, la construcción fue reducida a piedra y cenizas. En ese estado permaneció hasta el siglo VI a C.  cuando otro rey, el persa Ciro, edificó allí el llamado Segundo Templo. Pero también esa obra fue destruida, esta vez por los romanos, en el año 70 de nuestra era. De tales devastaciones, solo queda en pie la parte occidental del muro que circundaba el templo. Convertido en lugar de plegarias, debe su nombre al llanto que allí derraman los peregrinos de todo el mundo. Hoy, con tantos conflictos y reclamos que la vida nos impone, ese muro puede adoptar de un modo figurado las más diversas formas. Desde el confesor y el psicoanalista, hasta el ombudsman y el amigo del alma, todos se prestan para escuchar las cuitas y los percances del afligido prójimo.

El que se fue a Sevilla, perdió su silla

Todo hace suponer que el refrán era originalmente: “El que se fue de Sevilla perdió su silla”. Protagonista de la historia que dio lugar a la frase fue el obispo de Sevilla y Santiago, Alfonso de Fonseca, tan metido en la política de su tiempo, que llegó a tomar las armas en favor de Isabel la Católica. Un día debió viajar a Galicia, para poner orden en esa diócesis. Al regresar, su sobrino, que había quedado como reemplazante, se negó a devolverle la sede sevillana. Fonseca solo pudo recuperarla tras duras luchas, y con ayuda de la Corona. De esa usurpación nació lo de “El que se fue de Sevilla…”, que con el tiempo tomo la forma hoy conocida, con a. Moraleja: quien se aleja de lo suyo, regresa sin silla, como el obispo. Y a veces incluso, sin un miserable banquito.

Estar con bronca

Se puede componer una crónica de la bronca, a partir de todos los significados que esta palabra fue acumulando a lo largo del tiempo. Comenzando por los leñadores de la antigua Roma, para quienes bruncus era un trozo de rama mal cortado, capaz de lastimar con facilidad. Más adelante y en forma figurada, se llamó así a la persona de dientes salidos y desparejos, que parece siempre estar a punto de morder. La palabra pasó al español como bronca, y por analogía con la rugosidad de la corteza, se aplicó a las voces ásperas. Todas estas connotaciones agresivas de raspar, morder y punzar, contribuyeron a darle a bronca, su sentido actual de enojo muy grande. Es el que recogen en sus letras gran número de tangos que unen el rencor con el despecho. “Lo que más bronca me da, es haber sido tan gil...” se lamenta Discepolín en “Chorra”. Y en “El ciruja”, el protagonista es alguien que vuelve resentido al barrio “como con bronca y junando”. A pesar de su apariencia lunfarda, se trata de un término castizo, registrado por la Academia. Los españoles hablan de “armar o buscar bronca”. Aquí, uno está con bronca (la junta, la tira, la larga, se la agarra), o bien se embronca. Un tema con variaciones sobre el mal humor.

¡Los esperamos en la próxima!

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