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Tantas cosas teníamos pendientes

Por Javier Petit de Meurville

Dos son las situaciones más estresantes: mudarse, y divorciarse. Yo creo, sin embargo,  que quienes afirman esto no entienden nada, o viven en una profunda negación. Sin lugar a dudas, la situación más estresante que nos toca enfrentar es ir al dentista.

Lo sé, hay afortunados de sonrisas publicitarias, dientes de marfil blindado y escasa exposición a un torno.

Hay, incluso, personas que se han casado y conviven felizmente con dentistas, pues, por supuesto, no es la profesión en sí la que conlleva nada negativo, sino la dentadura de uno que debe someterse a prácticas de semejante naturaleza.

Admito que mi opinión puede ser un problema hereditario. Me explico.

En la ruleta genética nos tocó un balance extraño. Papá era rubio, de ojos azules, cutis claro y de altura un poco más baja que el promedio. Por el lado de mamá, mi abuelo era nacido en Almuñécar, Granada, con apellido mozárabe. Ya se imaginan el resto: cabello oscuro, ojos marrones, cutis, digamos, más bien amarronado y levemente más alto que el promedio. Pues bien, físicamente todos salimos más parecidos a mi abuelo materno. Nada de rubios y ojos azules, para disgusto de mis hermanas. Algunos de nosotros, además, ligamos mucho de la sensibilidad de mi madre. Sensibilidad dental, me refiero.

Recuerdo a mi madre armando una mezcla de Poxipol, cuando yo era adolescente, no para arreglar una taza, o un plato, sino para pegar algo en un diente. No éramos pobres, ni ricos, y si bien mi madre iba desde nuestra casa en los suburbios hacia la Capital Federal para atenderse, ello siempre era un paseo, una excusa para algo más. Interpreto, ahora, la acción de mi madre como una manifestación más de su aversión al dentista.

Todos tenemos herencias, y ad-herencias. Nos lleva años distinguir una de otras. Y otros años más recibir esa herencia con beneficio de inventario.

Durante el servicio militar, me trasladaron al Hospital Militar Campo de Mayo, donde me tocó ser asistente de un Mayor Odontólogo. Se especializaba en prótesis. Era callado, severo y muy buen profesional. Atendía por igual a reclutas y generales. En su consultorio conocí a un general que pocos meses después fue el último presidente de facto. Me “tocó” ser su asistente en parte porque llegué tarde. Todos le temían y preferían estar en otra parte. El Dr. Battilana, así se llamaba, además de ser estricto, sentía pasión por el tango, música que sonaba todo el tiempo en su consultorio. Nos entendimos de inmediato y terminamos siendo amigos. Su hijo, Carlos, es un excepcional poeta, entrañable ser humano y lo sigo viendo cada tanto.

Asistir al Mayor Battilana en los procedimientos, no mitigó mi temor por esta profesión, pero dejé de pensar que todos los que la elegían eran unos sádicos reprimidos. Lo único que le reprocho es esa mañana en que, al empezar los primeros acordes de un tango, me dijo, “Si me dice título e intérprete del tango, le doy tres días de franco”. Naranjo en Flor, de Goyeneche. Viéndolo en retrospectiva, no era tan difícil, pero a mis 18 años de blues y rock and roll era casi imposible. Hizo un gesto de sorpresa, y creo que fue la única vez, durante mi servicio militar, que me tuteó “Me cagaste”, me dijo, en un impecable francés. Pero los tres días de franco nunca llegaron.

Como sea, y para no hacer un largo repaso de espantosas, malas, y buenas experiencias, a principio de este año me encontraba yo en un tratamiento dental. Paradojal o proféticamente, me estaba haciendo una corona. Advierto que los procesos no son muy diferentes que 35 años atrás, cuando yo asistía al Dr. Battilana. En un consultorio de Almagro, la Dr. Fariña ve mi bolso de la YMCA. Mientras el molde con un sabor extraño se prendía como garrapata a mi encía superior, la Dra. no dejaba de hablar de la YMCA. Cuando era niña le tenía pánico al agua, no sabía nadar y no quería saber nada, pero un profesor de la YMCA le tuvo especial paciencia, la motivó, le enseñó. Era Mojarrita, después Pejerrey y Tiburón. Es más, estando de vacaciones en Córdoba, otra chica se estaba ahogando y ella saltó a socorrerla, llegó primera, hizo las maniobras que aprendió en la YMCA, mientras fueron llegando los adultos. Todos decían que ella había salvado esa vida, pero no lograba recordar el nombre del profesor. “Esperame un minuto que llamo a mi madre, se va a acordar seguro”, después en la YMCA este profesor, con sus medallas, le hizo un pequeño trofeo a ella por haber auxiliado a la niña en Córdoba. La historia me conmovía, y se lo hubiese dicho, pero yo estaba con el molde en la boca, las mandíbulas doloridas y…¡Mi doctora hablando con su madre! “Francisco Triviño”, me dijo, feliz. Y yo también feliz, pues ahora podía sacarme el molde.

Me quedó pendiente este tratamiento. Y como mi doctora está cuidando a su madre, ante un percance en el arreglo tuve que recurrir a una guardia odontológica a mediados de abril, en una de las extensiones de la cuarentena.

Me sentí un delincuente transitando por las calles semi vacías. Mientras todos se preocupaban por el coronavirus, yo me ocupaba de una corona. Fui rápido hasta un servicio de guardia en calle Paraguay al 1300. La atención fue pésima. Por más que el dentista de guardia estaba sentado en la recepción sin hacer nada, me indicaron que solamente atendían dos tipos de emergencias y la mía no cuadraba en ello. ¡¡¡Dentistas!!! ¿No hay un juramento hipocrático para ellos? pensé, indignado.

Fui a APO, sobre Av. Córdoba y Callao. Luego de los procedimientos de seguridad, y de esperar un rato, dos profesionales me atendieron. Había hecho bien en ir. Debieron darme una inyección en el paladar, cortar una parte de la encía y otras cosas que prefiero no recordar. Cuando bajé, pedí el nombre de estos profesionales.

No conocemos bien nuestras herencias o ad-herencias, así como desconocemos lo que legamos a los demás, el alcance de las luces y las sombras que nuestros actos proyectan. Pero quiero creer que el bien se multiplica y se contagia tanto o más rápido que el mal, aunque tenga menos prensa.

Mi tratamiento odontológico sigue pendiente. Mi miedo a los dentistas no está resuelto. Pero a las 21 horas, cuando se aplaude a los médicos y enfermeras que luchan contra la pandemia, yo pienso también en los dos odontólogos que me atendieron en APO, el Dr. Oscar Lescani y la Dra. Paulina Moulia.

Y como de hacer el bien, de motivar y de salvar vidas se trata, también pienso en el profesor Triviño.

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