EDUCAR EN TIEMPOS DE NUEVAS SUBJETIVIDADES DIGITALES
Hay algo que cambió, y no termina de encajar en las formas tradicionales de pensar la educación. No siempre es evidente en los programas, ni en los diseños curriculares, ni siquiera en las discusiones institucionales. Pero aparece con claridad en la vida cotidiana: en cómo los jóvenes se expresan, en cómo aprenden, en cómo se vinculan con el conocimiento y entre sí.
Un grupo de adolescentes que edita un video, crea contenido, comparte una idea o se organiza en torno a una causa no está simplemente “usando tecnología”. Está produciendo sentido, ensayando formas de participación, construyendo una manera de estar en el mundo. En esos gestos, muchas veces invisibilizados o subestimados, hay una transformación en curso que interpela de lleno a las instituciones educativas.
Durante décadas, la educación se pensó como un espacio de transmisión. Un lugar donde el conocimiento se organiza, se valida y se distribuye. Sin embargo, en un contexto atravesado por tecnologías digitales, esa lógica comienza a tensionarse. El acceso a la información se amplía, las formas de producción se diversifican y los lenguajes se multiplican. Ya no se trata solo de saber, sino también de crear, de reinterpretar, de intervenir.
En la conferencia del XXIV Congreso Internacional sobre Valores, Pensamiento Crítico y Tejido Social, titulada “Resistencias creativas: juventudes, tecnologías y nuevos lenguajes de acción”, Fernando Schapachnik¹ propuso leer este escenario desde otro lugar. En vez de ver a las juventudes como receptoras pasivas, planteó reconocerlas como protagonistas activas de estas transformaciones.
Este cambio de mirada invita a pensar la tecnología no solo como problema, sino también como posibilidad. Un espacio donde emergen nuevas formas de expresión y acción colectiva, pero que también plantea desafíos. Qué lugar ocupa la educación en este escenario, cómo acompañar estos procesos sin simplificarlos y qué significa hoy enseñar y aprender son preguntas que ya no pueden postergarse.
JUVENTUDES Y TECNOLOGÍAS: NO ESPECTADORES, SINO PROTAGONISTAS
Una idea recorre toda la exposición y permite ordenar el escenario: no existe una única forma posible de la tecnología. Aquello que suele presentarse como inevitable es, en realidad, el resultado de decisiones y modelos que pueden discutirse.
En la conferencia, Fernando Schapachnik plantea una tensión clara. Por un lado, una narrativa que afirma que “no hay alternativa” y naturaliza ciertas formas de desarrollo. Por otro, una mirada que reconoce que las cosas no son así de manera definitiva, sino que están así, y por lo tanto pueden cambiar.
Esa diferencia no es menor. Decir que algo “es” clausura la posibilidad de intervenir; decir que algo “está” abre un campo de acción. Desde ahí, la tecnología deja de ser un objeto cerrado para convertirse en un espacio de reflexión y disputa. Enseñar tecnología no es solo aprender a usar herramientas, sino comprenderlas, cuestionarlas y pensar alternativas.
Enseñar tecnología no es solo aprender a usar herramientas, sino comprenderlas, cuestionarlas y pensar alternativas.
En su experiencia en la Fundación Sadosky, Schapachnik muestra que esto puede traducirse en prácticas concretas. Frente a propuestas de aprendizaje rápido y superficial, propone recuperar el conocimiento profundo. Entender cómo funcionan las tecnologías y también cómo podrían ser de otro modo.
Incluso con recursos simples, es posible generar ese cambio de mirada. Cuando estudiantes trabajan sobre el funcionamiento de un dispositivo, lo central no es el objeto, sino la posición que adoptan frente a él: dejar de ser usuarios pasivos para pensarse como posibles creadores.
Ahí aparece uno de los puntos clave. La educación no solo transmite saberes, también habilita la posibilidad de imaginar otros roles y de intervenir en la realidad. En ese sentido, las resistencias creativas no rechazan la tecnología, sino que disputan su sentido, abriendo un espacio donde el pensamiento crítico y la acción se articulan.
NUEVOS LENGUAJES, NUEVAS FORMAS DE CONOCIMIENTO
Si la tecnología puede pensarse de otro modo, la educación también debe revisarse en profundidad. No alcanza con sumar herramientas o actualizar contenidos: lo que cambia es la forma en que se construye el conocimiento en un contexto de nuevos lenguajes y modos de producción.
En este escenario, cobran fuerza promesas de aprendizaje rápido y sin esfuerzo que simplifican procesos complejos. Cursos acelerados y herramientas que “resuelven” tareas pueden facilitar el acceso, pero debilitan el vínculo con el conocimiento en su dimensión más profunda. Como advierte Fernando Schapachnik, el riesgo no está en usar tecnología, sino en hacerlo sin preguntarse qué tipo de aprendizaje promueve.
Recuperar los fundamentos
La promesa de rapidez y soluciones inmediatas muchas veces oculta costos sociales, ambientales y políticos. Por eso, enseñar tecnología no puede limitarse a mostrar herramientas o beneficios, sino que también debe incluir una reflexión sobre cómo se construyen esas tecnologías, qué impactos generan y qué relaciones de poder sostienen.
Educar para comprender e intervenir
La educación cumple un rol central. Formar pensamiento crítico permite que las personas dejen de ocupar un lugar pasivo frente al entorno digital y desarrollen la capacidad de cuestionar, imaginar y construir alternativas. Así, la resistencia creativa aparece no como un freno al desarrollo, sino como una forma de orientarlo hacia el bien común.
ENTRE LA TRANSMISIÓN Y LA CREACIÓN
Si el conocimiento ya no puede pensarse solo como transmisión, el rol de la educación también cambia. La pregunta ya no es únicamente qué se enseña, sino cómo y para qué. En un contexto de respuestas inmediatas, el desafío es sostener el valor de las preguntas, del proceso y del tiempo necesario para comprender.
Como señala Fernando Schapachnik, el problema no es la tecnología, sino la forma en que se incorpora. Cuando se utiliza para evitar el esfuerzo o reemplazar el pensamiento, empobrece la experiencia educativa. Recuperar el proceso implica volver a valorar el error, la exploración y la construcción gradual del conocimiento.
Esta mirada también redefine el lugar de las juventudes. Si se las considera solo ejecutoras, el horizonte se reduce; si se las reconoce como capaces de crear y cuestionar, la educación se convierte en un espacio que potencia esas capacidades. No se trata de simplificar contenidos, sino de profundizar las preguntas.
Enseñar tecnología, en este sentido, no es formar especialistas de manera acelerada, sino promover una relación consciente con el entorno digital. Comprender cómo se producen las soluciones y qué impactos generan permite pasar de una lógica de consumo a una de participación.
El riesgo de no asumir este enfoque es que la educación quede desfasada. Incorporar herramientas sin revisar las prácticas puede reforzar límites existentes. En cambio, repensar la educación permite usar esos recursos para profundizar el pensamiento y construir conocimiento con mayor sentido. En definitiva, el desafío no es adaptarse a la tecnología, sino decidir qué vínculo queremos construir con ella. Y esa decisión es, ante todo, educativa.
El proyecto YMCA Educación parte de una formación integral que pone en el centro a la persona y articula pensamiento crítico, participación y valores. Su propuesta entiende a la educación como una experiencia que va más allá de la transmisión de contenidos, promoviendo herramientas para comprender la realidad, desarrollar una mirada reflexiva y participar activamente en la transformación del entorno.
EDUCAR PARA COMPRENDER Y TRANSFORMAR
Frente a los desafíos que plantean las transformaciones tecnológicas y los vínculos cada vez más superficiales con el conocimiento, YMCA Educación impulsa prácticas orientadas a la comprensión profunda y al uso consciente de la tecnología. La propuesta busca que las personas no solo aprendan a utilizar herramientas digitales, sino que también puedan comprender sus implicancias, cuestionar sus lógicas y reconocer su impacto social. Desde esta perspectiva, educar implica generar condiciones para imaginar posibilidades, construir proyectos y fortalecer capacidades para intervenir en el presente.
Educar implica generar condiciones para comprender la realidad y transformar el entorno
Esta mirada se sostiene en una dimensión colectiva de la educación. El encuentro, la participación y el intercambio entre distintas perspectivas forman parte central del aprendizaje y de la construcción de ciudadanía. En tiempos marcados por la fragmentación y la individualización, la YMCA promueve espacios donde los valores, la comunicación y la responsabilidad compartida permitan construir sentido en comunidad y fortalecer vínculos humanos significativos.
PENSAR LA EDUCACIÓN EN TIEMPOS DE CAMBIO
Las ideas que recorren este texto surgen de un espacio más amplio de reflexión colectiva sobre los desafíos actuales. En su conferencia, Fernando Schapachnik propone una mirada que articula experiencia, pensamiento crítico y confianza en el potencial transformador de la educación. Retomar ese enfoque y ponerlo en diálogo con el Proyecto Educativo YMCA no busca cerrar discusiones, sino abrir nuevas preguntas. El vínculo entre tecnología, juventudes y educación exige ser pensado de manera situada, en comunidad y con profundidad.
Este recorrido funciona como punto de partida. Una invitación a seguir indagando, a evitar respuestas simplificadas y a sostener la pregunta por lo posible como una construcción colectiva. Quienes quieran profundizar pueden acceder al libro del Congreso o a la conferencia completa disponible en el canal de YouTube de la YMCA.
En un contexto de cambios acelerados, sostener espacios de pensamiento crítico no es accesorio: es una condición necesaria para que la educación siga siendo un ámbito desde donde imaginar y construir futuros más justos y conscientes.




