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La normalidad de la “anormalidad”

La Argentina vive tal estado de confusión que lo anormal es considerar anormal los desatinos a los que constantemente asistimos.

Hemos asumido una normalidad decadente que muestra los resultados a simple vista. Nos hemos habituado a una convivencia que arrastra males en cadena: irrespeto, desapego a la ley, insensibilidad ante el prójimo, violencia explícita e implícita y podría seguir la lista de infortunios.

No podemos explicar cómo hemos llegado a la vergüenza del 33% de pobreza en un país que ha retrocedido en sus indicadores sociales a estos niveles de espanto. Es la muestra palmaria de un estrepitoso fracaso como sociedad, comenzando por su dirigencia política, a la que le sigue sin inocencia tanto la empresarial como la sindical y social. Y, también, una ciudadanía con atonía desilusionante.

Afirmamos sin ruborizarnos que la educación es la piedra angular del futuro desarrollo del país. Es un sofisma que se acerca peligrosamente a lo que estamos conociendo más recientemente: la posverdad, es decir una mentira edulcorada. Como venimos afirmando en sucesivas columnas desde hace varios años, en la Argentina existe, para decirlo de manera brutal y sin estigmatizar a nadie, en realidad todo lo contrario, educación “rica” para “ricos” y educación “pobre” para “pobres”. Y el Estado tiene una significativa y crucial responsabilidad. Hoy se sigue confundiendo escolarización con educación. Y se sigue hablando de educación a secas cuando es impostergable agregarle el sustantivo de calidad.

Es urgente un nuevo inclusivo e integral debate nacional sobre la educación. Un congreso nacional que defina lineamientos modernos para el sistema educativo, desde lo pedagógico, la formación continua y la jerarquización de la carrera docente, la asignación de recursos, la importancia de una visión acerca de los requerimientos del futuro que ya está encima nuestro, entre otros componentes vitales. Habría que encarar este desafío con la grandeza que frecuentemente se ausenta entre nosotros.

Un signo declinante de nuestra realidad cotidiana es la recurrencia de actitudes patoteriles que se llevan por delante cualquier forma de coexistencia. Uno de los ejemplos recientes, entre tantos que podrían señalarse, ha sido lo sucedido en el INDEC. Un organismo al que todos denostábamos hasta finales de 2015 y que con mucho esfuerzo ha ido recuperando su identidad y confiabilidad, es vulnerado impunemente por un conjunto de personas que esgrimiendo la defensa de sus derechos no vacila en cometer tropelías.

¿Y la dirigencia política? Como corresponde, enfrascada en discusiones generalmente irrelevantes y preocupada, fundamentalmente, en la próxima (y continuada) campaña electoral.

Norberto Rodríguez
Secretario General de la Asociación Cristiana de Jóvenes/YMCA